Según los
tratados de mineralogía, el pedernal es una variedad del cuarzo, compuesto por
sílice microcristalina con muy pequeñas cantidades de agua y alúmina. Se trata
de un material muy compacto, que rompe dando formas albeadas, lo que se conoce
como fractura concoidea. Cuando se fractura por dos caras opuestas, se produce
una arista que puede ser muy fina y resistente, cualidad que permitió a los
hombres primitivos extraer de él lascas que servían para cortar gran cantidad de
materiales. Es de color gris amarillento más o menos oscuro, lustroso como la
cera y, en grosores pequeños, resulta translúcido. Es sinónimo coloquial de
dureza, utilizado en frases hechas como aquella de tener un corazón de
pedernal.
Pero aún
queda otra característica casi mágica, como pudieron descubrir nuestros remotos
antepasados y es que, herido por otros materiales duros produce chispas, lo que
le convirtió en una de las opciones más sencillas de obtener el todopoderoso
fuego.
Pues
bien, la utilización del pedernal en la construcción de la muralla, bien lógica
ya que como se ha dicho es un material compacto y muy duro que lo hace idóneo
para defenderse de los presuntos invasores, se convirtió desde muy pronto en
una seña de identidad de Madrid y, como intenta demostrar este blog, sigue
formando parte de la identidad de este Madrid del siglo XXI.
En
efecto, según López de Hoyos, existió un emblema de Madrid, anterior a 1200, en
el que aparecía un trozo de pedernal medio sumergido en agua, con dos eslabones
a los lados que hacían saltar chispas de él.
El
emblema se completaba con la siguiente leyenda:
Fui sobre agua edificada,
mis muros de fuego son,
ésta es mi insignia y blasón
La razón
de la primera frase de la leyenda requiere pocas explicaciones. Es una mera
descripción del conocido hecho de que Madrid se fundara en una zona rica en
aguas fluyentes y con abundantes manantiales. Su propio nombre árabe, Mayrit,
significa “tierra rica en agua”. Por otra parte, el arroyo que fluía por la calle
de Segovia hacia el Manzanares, parece que era llamado Matrice, que vuelve a
confundirse con el nombre de Madrid. Total que lo del agua resulta evidente
que es una de las causas de la fundación del asentamiento, por lo que su aparición
en los primeros emblemas es obvia.
La
segunda frase de la leyenda nos remite directamente al pedernal de la muralla,
que debía ser el orgullo de los primeros madrileños, tanto árabes como
cristianos, ya que puesta a prueba en distintos asedios resistió y los mantuvo
a salvo. La justificación de los “muros de fuego” tiene dos versiones: la
primera, más romántica, podría significar que la muralla de pedernal, al ser
iluminada por el sol de poniente, desprendería destellos de color rojizo. Los
que disfrutamos a diario de los atardeceres madrileños desde Las Vistillas, el
Viaducto o los Jardines de Sabatini, entendemos muy bien esta versión, y nos
imaginamos la visión desde el campo del Moro de una “muralla ardiente”, herida
por los últimos rayos de sol (ver la entrada de El Alcázar y su Torre Dorada)
Sin
embargo, es de temer que la segunda versión sea más acertada, ya que se refiere
a la guerra, y ésta está más en la cabeza de los hombres que las visiones
bucólicas. La cuestión sería que, al recibir flechazos y lanzadas, el pedernal
de la muralla devolvería chispas para asombro de los asaltantes y orgullo de
los madrileños, que convirtieron sus muros de fuego, junto al agua primigenia origen de toda vida y civilización, en parte de su lema.
Por
cierto, ¿cómo no se le habrá ocurrido a nadie uno de esos cartelitos horteras
para los coches, que diga algo así como?: Madrid,
la ciudad de agua y fuego. Seguramente
porque quienes crean tales engendros desconocen nuestra historia.
Es, precisamente, ese pedernal el que sirve de excusa e hilo conductor en este blog, ya que según la hipótesis que mantengo, mientras estuvo incorporado a la muralla sirvió para proporcionarle un gran valor defensivo y, al parecer, para dar color a la ciudad y, cuando la muralla se fue derruyendo, se recicló, al utilizarlo en la construcción de todo tipo de edificios.
Muchas gracias por esta valiosa aportación. No he leído el Libro pero intentaré conocerlo en cuanto pueda
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