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lunes, 10 de diciembre de 2012

Edificios religiosos

Fueron muchos los conventos e iglesias que se vieron agraciados en su momento con el pedernal obtenido de la muralla. Parece lógico pensar que tras la recuperación de la ciudad para las huestes cristianas, allá por el final del siglo XI, se viviera una exaltación de la fe cristiana, lo que redundaría en la renovación de las iglesias ya existentes y en la cración de otras nuevas. Es bien sabido que el Fuero de Madrid, concedido en 1202, se mencionan diez parroquias algunas de las cuales, o sus "descendientes", han llegado hasta nuestros días. Aquí se propugna que muchas de ellas reutilizaron pedernal de la muralla.

No obstante, la gran transformación de Madrid se produjo tras su capitalidad y gracias al efecto llamada que ello conllevó. Tal como se dice en "Madrid Capital", las órdenes religiosas se apresuraron a instalarse en la sede de la Corte y a fundar conventos, hasta el punto que hubo que limitar su número. Estos conventos y las reformas de las iglesias nos han proporcionado bellos ejemplos del estilo austria, aprovechando, en parte, el material obtenido de la progresiva destrucción de la muralla.
Si esto hubiera ocurrido ahora el pedernal habría ido a parar a las fachadas de las sedes centrales de bancos, compañías de seguros o multinacionales. Para apoyar esta afirmación, invito al lector a realizar un simple ejercicio de observación. Sitúese, primero, en el centro del Viaducto sobre la calle Segovia (antiguo arroyo de San Pedro) y mire a su alrededor. Lo que verá a un lado y otro son las cúpulas de distintas iglesias: San Andrés, San Isidro, Sacramento, San Miguel, Santa Cruz, San Francisco, la Catedral, etc., que ocupan los lugares más altos del paisaje urbano. Desplácese luego el lector hasta el paso elevado de Raimundo Fernández Villaverde, sobre la Castellana, repita el ejercicio, y podrá comprobar que los lugares más altos lo ocupan, como he anticipado, los bancos, compañías de seguros y las multis … y es que cada época encumbra aquello en lo que cree y adora, y ahora se cree y se adora al dinero.

Santa María de la Almudena

Estoy convencido de que muchas de las iglesias y muchos de los conventos ya desaparecidos recibieron en su momento el pedernal de la muralla. En concreto, y de acuerdo con el testimonio de algunos grabados que he podido conocer, seguramente lo lucían en sus fachadas, por ejemplo: la Iglesia de San Felipe, el Convento de la Merced o el de San Francisco de Paula. No encuentro lógico entrar aquí en su descripción, pero me parece obligado referirme  a la más emblemática e importante de las iglesias desaparecidas: Santa María de la Almudena. 

Santa María pudo ser una ermita citada ya en el año 38 de nuestra era, que habría pasado a ser la mezquita de la Almudena bajo la dominación árabe, y que, tras la conquista de Madrid por Alfonso VI, volvería a ser cristianizada y convertida de nuevo en iglesia. En cualquier caso, se configuró como la primera iglesia del pueblo, el lugar más venerado y visitado por los madrileños, más allá de sus escasos méritos arquitectónicos y monumentales.
Quiere la leyenda que en el año 1083 una niña, llamada María, informara al Cid Campeador sobre una tradición cristiana que había pasado de padres a hijos, según la cual, en el siglo VIII, los cristianos madrileños, ante la llegada de los árabes, habían escondido una imagen de la virgen en un silo de la muralla. El Cid no pudo iniciar la búsqueda ya que la ciudad estaba aún en manos musulmanas.

Dos años más tarde, la noticia le llegó al rey Alfonso tras la definitiva toma de Madrid, quien se dio de plazo hasta el día 11 de noviembre para que la imagen apareciera ya que, en caso contrario, con la determinación que corresponde a los grandes hombres, derribaría la muralla para encontrarla.

La joven pasó la noche en vela, rezando y a la mañana siguiente encabezó una procesión rogativa, en la que participaba el mismo Rey. En un determinado momento, tras escucharse un grito, se derrumbó un lienzo de la muralla y apareció la imagen de la Virgen, intacta y con las velas encendidas. La historia de este Jericó madrileño no está nada mal, para un pueblo sin agua y sin alcalde…
Desde su milagroso hallazgo, Santa María albergó la imagen de la Virgen, que pasó a ser la patrona de Madrid, desplazando a Santa Ana que lo había sido hasta entonces.

Remato esta leyenda recordando que los más entusiastas defienden que la primitiva estatua, la escondida y aparecida en la muralla, la trajo a Madrid San Calocero, discípulo del apóstol Santiago, al que acompañó en su venida a Hispania (según la leyenda, San Calocero habría cristianizado un anterior templo pagano dedicado a Júpiter). En cualquier caso, de la antigüedad de la imagen primitiva puede hablar el hecho de que la actual, creada en el siglo XVI, es muy similar a la que aparece en el arca de San Isidro, que fue pintada en el siglo XIII.

Con tan azarosa y larga historia, lo lógico es que un edificio que ha sido, presuntamente, templo pagano, ermita, mezquita e iglesia, y que encima ha estado situado en Madrid, sufriera diversas y continuas obras de mejora, peora y reestructuración, hasta que las obras de ampliación de las calles Mayor y Bailén se lo llevaran por delante, en el año 1868.
Texeira la representa sencilla y expedita por sus cuatro costados, aunque grabados e incluso fotos posteriores dan fe de la continua adición de capillas que la transformaron profundamente. Ahora nos han dejado a la vista algunos de sus cimientos, y han colocado una especie de jubilata de bronce, como eterno mirón de las obras, principal deporte madrileño que espero se incorpore a los Juegos Olímpicos a celebrar en Madrid en 2016, 2020, 2024, 2028...
Mi convencimiento es que en algunas de esas reformas, el templo recibió pedernal de la muralla, tal como parece adivinarse en la maqueta de León Gil Palacio. Muy en concreto, los textos se refieren a la capilla de Santa Ana diciendo que estaba “construida en buena piedra de sillería, a diferencia del templo, que era de ladrillo y cajas de mampostería”. Cinco a uno a que esa “buena piedra” de sillería no era otra cosa que el pedernal que rodeaba por todas partes a Santa María.

Capilla del Obispo

La Capilla del Obispo fue mandada construir por Francisco de Vargas, en 1520, y puesta bajo la advocación de Nuestra Señora y de San Juan de Letrán. Este don Francisco fue un importante hombre de estado durante el reinado de los Reyes Católicos y del emperador Carlos I. Su capacidad para resolver cuestiones intrincadas llevó al rey Fernando a soltar la frase: “Averígüelo Vargas” que ha quedado en la cultura popular como vía de solución ante los problemas complejos. La obra la terminó, en 1535, su hijo don Gutierre de Carvajal y Vargas, obispo de Plasencia, que es a quien se debe el nombre popular de la Capilla.

La Capilla se adosó al lado norte de la antiquísima parroquia de San Andrés (siglo XII), para recibir los restos de San Isidro hasta que, en 1544, tras una pelea nada edificante entre los responsables de una y otra iglesia por las limosnas que generaban los sagrados restos, el arca que los contenía fue devuelta a San Andrés. En señal de repulsa por el traslado, los responsables de la Capilla tapiaron la puerta que comunicaba ambas iglesias y colocaron un maravilloso sepulcro del Obispo esculpido en alabastro por Francisco Giralte, quien es también autor del magnífico retablo que preside el altar y las puertas del templo.

Materializado, así, el divorcio entre la capilla del Obispo y San Andrés, quedó sin resolver el que los restos del Santo Patrón de Madrid tuvieran un sitio digno y adecuado para su veneración (y recogida de limosnas), ya que la parroquia, tal vez construida sobre una antigua mezquita, era pequeña y de pobre trazado. Por ello, allá por 1657, se empezó la construcción de la capilla de San Isidro, también adosada a San Andrés, pero en su lado sur, con lo que se constituyó un conjunto de tres iglesias consecutivas, aunque una de ellas incomunicada con las otras dos.
Por cierto, en el plano de Texeira, cuya edición es coetánea con la construcción de San Isidro, no aparece esta capilla tal vez porque los apuntes tomados por el autor fueron anteriores a su inicio.

Todo esto tiene su importancia porque cuando en 1936 San Andrés entró en combustión espontánea, como casual y simultáneamente le pasó también a otras muchas iglesias, monasterios y conventos de Madrid, el fuego consumió, no sólo San Andrés sino también la capilla de San Isidro, mientras que la Capilla del Obispo se salvó gracias a la pared y al sepulcro del Obispo, que levantaron la avaricia y el egoísmo en su día. ¡Bendita avaricia clerical que, sin pretenderlo, salvó de la quema una de las pocas joyas góticas de Madrid!

La consecuencia de todo ello es que, al acabar la Guerra Civil, la parroquia de San Andrés, mi parroquia, tuvo que refugiarse en la capilla del Obispo. En ella fui bautizado, y durante toda mi infancia la Capilla fue, para mí, San Andrés, gobernada por don Mariano, párroco muy querido por los feligreses.

Pasados los años, se fue recuperando poco a poco la capilla de San Isidro, ya que de San Andrés no quedó más que una torre con una ventana y una verja, vestigio de la entrada del pasadizo que unía la iglesia con el palacio de los Lasso de la Vega, donde residían con frecuencia los Reyes Católicos.
Cuando pudo recuperarse el culto en San Isidro, la Capilla del Obispo fue cerrada y así ha permanecido durante largos años, tristemente oculta a la admiración de propios y extraños, con excepción, que yo recuerde, de una exposición fotográfica sobre la restauración de La Piedad de Miguel Ángel y alguna representación teatral. Por fortuna acaba de reabrirse y ya puede ser admirada como se merece.

El pedernal es visible en dos zonas. La más accesible al observador es el zócalo de la fachada oeste, en la Costanilla de San Andrés, frente a la desaparecida casa de los Lasso. Ésta ubicación visible, lleva a pensar que el resto del zócalo oculto, también está compuesto con el mismo material.
Los restauradores de la Capilla han debido considerar que la argamasa que unía, hasta ahora, el pedernal era poco decorativa y han incorporado una llaga de notable altura que ha situado al pedernal en segundo término.
La segunda ubicación visible del pedernal son las paredes exteriores del ábside. Desde la calle, y con alguna dificultad, se puede ver por encima de la casa parroquial. Sin embargo, desde uno de los patios del Museo de Los Orígenes, se puede observar en todo su esplendor al exterior del ábside, en donde la reutilización del pedernal es mucha más vistosa y noble que la anterior.

San Pedro el Viejo

Los historiadores no tienen noticia sobre su exacta fundación de San Pedro el Viejo, Iglesia en la que, por cierto, me casé. Se trata de una de las iglesias más antiguas de Madrid puesto que ya aparece citada en el Fuero de 1202. En un principio, estuvo ubicada cerca de la fuente de Puerta Cerrada, trasladándose a su emplazamiento actual de la calle del Nuncio en tiempos de Alfonso XI.

También existe alguna confusión con el nombre, ya que en muchas ocasiones se le denomina San Pedro el Real, nombre que le corresponde más propiamente a la Iglesia de La Paloma. 
La visión de su torre mudéjar, del siglo XV, desde la calle Príncipe de Anglona, me parece una de las imágenes relevantes de Madrid. Como no podía ser menos, torre tan antigua como ésta ha de tener su propia leyenda. En este caso, la leyenda habla de que la primera campana se colocó sola. Al parecer los operarios que la estaban subiendo no debían ser muy hábiles y se les quedó atascada a medio camino. Exhaustos y sudorosos, decidieron dejarla para otro día, pero héteme aquí que cuando volvieron a la mañana siguiente la campana se había colocado ella solita.

En este caso, el pedernal sólo es visible en el muro trasero que da a la calle de Segovia, lo que resta dignidad artística a su reutilización, pero no importancia, ya que, seguramente, juega un papel primordial para el soporte y mantenimiento del edificio.
El pedernal está aquí colocado en estrechas filas, prácticamente del espesor de un único bloque grande, limitadas por una verdugada simple del popular ladrillo.

San Nicolás

La Iglesia de San Nicolás, conocida como “San Nicolás de los Servitas” es una de las parroquias primigenias de Madrid, compartiendo con San Pedro el honor de disfrutar de una torre mudéjar construida, al parecer, a principios del siglo XIII.
Por el contrario, la iglesia, que tiene un ábside central gótico, está fechada en el siglo XV, y ésta es la que recibió, en su construcción y decoración, el pedernal de la muralla.

San Nicolás forma parte de mi paisaje infantil y juvenil, ya que estaba situada en uno de los itinerarios, quizás el más habitual, que seguía, junto con mi hermano y un vecino, para ir al colegio. No obstante, debo confesar que la iglesia no era objeto de mi atención preferente: rebasada la iglesia, mi atención se centraba en el cuartel situado enfrente, a la izquierda, una vez que se superaba la empinada cuesta de la calle San Nicolás.

Por aquellos años, en ese cuartel se alojaba la guardia mora (término ahora políticamente incorrecto) que acompañaba a Franco en cuantos actos oficiales se celebraban. No por habitual, la presencia de los soldados que guardaban la puerta dejaba de llamar mi atención, en la que se mezclaban la admiración por lo exótico y un cierto miedo, ya que su aspecto y su gesto eran poco tranquilizadores (ciertamente su función no era la de tranquilizar a nadie)

En esta ocasión, no como en San Pedro, se puede disfrutar plenamente del “estilo austria”, compuesto por cuarteles de pedernal, conservando todo su volumen,  ya que la argamasa queda en un segundo plano y separados por una verdugada doble de ladrillo cocido.
Conviene observar cómo, junto al ladrillo y al pedernal, también aparece incorporado a la sillería el granito formando la base del edificio. También conviene reparar en el fuerte desgaste que el tiempo ha producido en este granito, redondeando las rectas aristas iniciales.

San Ginés

Al parecer, San Ginés fue en sus orígenes una hermita del Madrid medieval, ya que existe constancia de su presencia en el año 858, situada en el arrabal del mismo nombre, limitado por el barranco del Arenal.

En 1642 sufrió un incendio que destruyó la capilla primitiva, siendo reconstruida, habría que decir que reedificada dado que los restos tuvieron que ser derruidos. El responsable de la reedificación fue Juan Ruiz, en 1645, es decir, durante el reinado de Felipe IV.

Es tradición que a la capilla original acudiera a rezar con frecuencia el labrador Isidro (realmente era más pocero que labrador), tradición que alcanza a otras muchas iglesias, puesto que era muy dado a la oración. Y ya que hablo de parroquianos quede aquí que apuntados en los libros parroquiales de San Ginés, constan tanto el bautizo de Quevedo, como la boda de Lope de Vega.

Más o menos donde hoy se ubica la lonja que da a la calle Arenal existió un cementerio del que la Inquisición desenterró y quemó una buena cantidad de huesos, al suponer que pertenecían a judíos que por allí habían vivido cuando era tan sólo un arenal, propiamente dicho.

En mi peripecia personal, San Ginés sólo era la iglesia en la que el obispo auxiliar de Madrid-Alcalá, que era el hermano del director y dueño de mi colegio, confirmaba a las mozas y mozos al alcanzar la edad apropiada (la del pavo, más o menos), lo que suponía que una vez al año aparecíamos por allí, aseaditos y trajeados decorosamente. Tengo constancia fotográfica de ello, ya que la ocasión lo merecía, pero hago al lector la caridad de no reproducirla.
El pedernal luce con todo esplendor en distintas fachadas realzando y enriqueciendo el trazado de Juan Ruiz. Como en tantas ocasiones se echan de más los edificios adosados que restan vistosidad a un templo realmente notable.
En el caso de San Ginés, el pedernal está dispuesto en cuarteles de distinto tamaño según la fachada de que se trate, en los que el pedernal queda “aplanado” por la argamasa que lo une. La separación vertical entre cuarteles se hace con una doble fila de ladrillos

Nuestra Señora del Carmen

La Iglesia de Nuestra Señora de El Carmen es otra de las agraciadas con el pedernal de la muralla. Queda fuera del reducido circuito vital de mi infancia y, por tanto, no está dentro de esas vivencias y anécdotas con las que martirizo en otras ocasiones al paciente lector. Tal vez por esa razón cuando empecé a recabar información no la tenía catalogada como iglesia pedernalicia, y tuvo que ser un “paseo comercial” (no parece necesario dar nombres) el que me descubriera que la iglesia estaba ahí, y que su fachada lucía orgullosa nuestro pedernal desde hace casi cuatro siglos.
A falta de vivencias personales, la historia que está detrás de la iglesia no tiene desperdicio. Según cuentan los cronicones, que debían ser algo así como la prensa amarilla de aquellos siglos, la que hoy es calle de El Carmen se abrió para situar en ella un prostíbulo, continuación de los que ya existían en la zona de la Puerta del Sol. En este caso, el prostíbulo era de lujo y en él prestaban sus servicios señoritas venidas tanto de España como del extranjero, por lo que desde un principio el inmueble se vio visitado por lo más granado de la sociedad madrileña de entonces. Nobles y gobernantes no se recataban de entrar y salir de tal paraíso carnal, y hubieran sonreído complacidos ante los paparazzi, si hubieran existido. 

Y ya se sabe que cuando un establecimiento tiene tamaño éxito, se produce el efecto llamada e inmediatamente otros tratan de aprovechar el tirón y la clientela sobrante. Siguiendo esta máxima comercial, algún experto en marketing vio la oportunidad de abrir, junto a la anterior, otra mancebía para clases menos pudientes, que completara la oferta de la zona y democratizara el mercado. Y dicho y hecho, se abrió el nuevo prostíbulo, con la particularidad de que un genio de la publicidad situó en uno de los balcones una imagen de mujer, magníficamente ataviada, que cual guiñol movido por un criado, incitaba a los transeúntes y curiosos, con los gestos que nos podemos imaginar, a entrar en el local.

Pasó por allí (qué casualidad) un lego de la orden hospitalaria creada por Bernardino Obregón y se escandalizó al entender que la incitadora figura femenina era una estatua de la Virgen. El tema llegó al Santo Oficio, al que le faltó tiempo para aplicar la tea a quien movía la figura y a las servidoras públicas (a las servidoras de los económicamente débiles, no a las servidoras de los ricos… A estos efectos, ver Sede de UGT) y para pedirle a Felipe II que derribara el edificio y, de paso, regalara el solar a los carmelitas descalzos que andaban buscando dónde asentar sus beatíficas posaderas.

Hago aquí un breve paréntesis para informar que la figura fue recuperada y rehabilitada por Bernardino Obregón, tras lo cual el Ayuntamiento la rebautizó como Nuestra Señora de Madrid (¡nada menos!) y hoy está, venerada como tal, en la Parroquia de San Vicente Ferrer.

Cerrado el paréntesis, vuelvo al hilo de la narración que se continúa con la construcción súbita, en una noche, de un primer convento de madera en el solar de la mancebía arrasada, hasta que entre 1611 y 1640 se construyó allí el convento del Carmen Calzado, incluyendo la Iglesia que ahora nos ocupa. Al parecer, a quien debemos agradecer la incorporación del pedernal a las portadas es a Mateo de Cortray. Agradecido queda.
El pedernal aparece aquí dispuesto en amplios cuarteles separados por dos verdugadas de ladrillo, y lo hace con todo su volumen, con la argamasa en segundo plano, mientras que es muy visible la llaga entre los ladrillos. Como se puede ir observando existe una gran variedad de combinaciones entre el señorial pedernal y el popular ladrillo en los edificios que vamos contemplando.

Monasterio de las Descalzas Reales

En el lugar que ocupa el Monasterio, tenía su palacio don Alonso Gutiérrez, tesorero de Carlos I. El Emperador y su esposa, Isabel de Portugal, residían con frecuencia en él, hasta el punto de que la reina dio allí a luz a doña Juana de Austria que, con el tiempo, sería reina de Portugal y madre del desventurado don Sebastián. Doña Juana, una vez que enviudó, fundó en 1559 el monasterio, que se construyó sustituyendo al anterior palacio en el que había nacido.
Las riquezas artísticas que alberga el monasterio, donadas como ajuar por las nobilísimas damas que entraban en él, lo han convertido en uno de los principales museos de Madrid, que luce largas colas de visitantes nacionales y extranjeros durante todo el año. No obstante, este tesoro interno no es mi objetivo, sino el tesoro externo en el que destaca la fachada principal, con una portada atribuida a Antonio Sillero, en la que el pedernal luce con todo su esplendor.

El monasterio es otro de los grandes exponentes del “estilo Austria”, y aunque el excesivo tráfico ha hecho desaparecer buena parte de lo que debió ser su recoleto encanto primitivo, el hecho de contar con un fuerte desnivel hacia la calle Arenal, permite disponer de una magnífica perspectiva de la fachada, cosa que tantas veces se echa de menos en otros edificios notables de Madrid, agobiados por las construcciones adosadas, como ocurre, por ejemplo, con la Capilla del Obispo en su fachada este.

La fachada de las Descalzas está plenamente incorporada a mis imágenes juveniles dado que mi colegio, el San Ignacio Obispo, estaba ubicado en el número 3 de la travesía de Trujillos, callecita alineada con dicha fachada. El colegio ocupaba la gran mayoría de la primera planta de la manzana, con balcones a la calle y travesía de Trujillos y a la plaza de San Martín. Concretamente, desde estos balcones, la mirada extraviada por la densidad de la filosofía, el latín o la física (entonces no había “cono”) terminaba descansando en las Descalzas, aunque ello no quiera decir que apreciara entonces todo su valor. El colegio se cerró, llevándose un puñado de buenos recuerdos, y el edificio ha sido vaciado y reconstruido hace unos pocos años.
En la Encarnación el pedernal está en cuarteles de parecidas dimensiones, separados por una única fina fila de ladrillos. El pedernal está como incrustado, separados los bloques por una llaga blanca, que proporciona al cuartel una apariencia de vidriera, mientras que la llaga del ladrillo está hundida.

San Jerónimo el Real

He incluido San Jerónimo el Real entre las iglesias, por la única razón de que la iglesia es lo que ha quedado del anterior monasterio de los frailes jerónimos, si descontamos el tan traído y llevado claustro, ahora transfigurado, o Dios sabe qué, por el Cubo de Moneo.

A tal situación se había llegado gracias a la Guerra de la Independencia y a nuestros vecinos franceses, que dejaron el monasterio prácticamente en ruinas. Isabel II restauró la iglesia y el claustro, preservando el estilo gótico.
Pero lo realmente curioso es cómo llegó allí ese monasterio en el que, en 1528, el emperador Carlos convocó Cortes para jurar Príncipe de Asturias al futuro Felipe II. El monasterio llegó al prado, que luego se llamó “de los jerónimos”, gracias al traslado de uno anterior que había sido construido cerca del Manzanares, más o menos, en la zona de la actual Puerta de Hierro.

Este primer monasterio fue construido allá por 1460, con el nombre de Santa María del Paso y su historia no tiene desperdicio. Al parecer, Enrique IV quiso homenajear al duque de Armenach, embajador de Bretaña, que estaba de caza por los montes de El Pardo y decidió organizar cuatro días de justas variadas entre las que se incluían, por ejemplo: un torneo con diez caballeros por bando (casi un Madrid – Manchester); un juego de cañas; una montería; y, como cierre de los festejos, un “paso de armas”.

El paso de armas debía ser lo más de lo más por aquel entonces. La regla era sencilla: un caballero se erigía en “mantenedor” de un paso y lo defendía ante todo aquel que quisiera atravesarlo. Pues bien, en esta ocasión, fue don Beltrán de la Cueva, mayordomo del Rey, quien ejerció como mantenedor con un éxito absoluto, lo que complació tanto al Rey que decidió la construcción de un monasterio, con el nombre de Santa María del Paso, erigido en el mismo lugar donde justó don Beltrán.

Debe recordarse que éste no fue el mayor y más importante servicio que le prestó don Beltrán a Enrique IV “el Impotente”, si tenemos en cuenta que según las malas lenguas le dio nada menos que una hija: la popular Beltraneja.

Construido, pues, el monasterio del Paso en una zona cenagosa del Manzanares, poblada de mosquitos, los monjes jerónimos a los que se había encomendado su cuidado, se mostraron poco partidarios y, cuando pudieron, pidieron a los Reyes Católicos que lo trasladaran a un sitio más saludable. Al parecer lograron el permiso allá por 1503, para lo que eligieron un lugar extramuros de la villa de Madrid, en una elevación de su zona oriental, barrida por muy saludables aires, con abundancia de arroyos y manantiales que regaban ricas huertas y el gran prado que cubría su ladera de poniente.
Como consecuencia de lo anterior, a fines del siglo XV,  los Reyes Católicos ordenaron la construcción del nuevo monasterio de frailes jerónimos para lo que se aprovecharon parte de los materiales del monasterio del Paso. El nuevo monasterio se realizó en estilo gótico muy tardío, el llamado isabelino. Se dispuso, también, que debería servir de aposento a la familia real en sus estancias en la villa, dando lugar al posterior nacimiento de El Retiro.

Con tal historia no resulta fácil identificar el origen del pedernal que luce, y con qué lustre, en las fachadas de San Jerónimo. Pudiera ser que ya fuera utilizado en la construcción del monasterio del Paso, para luego ser trasladado al prado de los jerónimos, o tal vez, apareciera por vez primera en esta segunda construcción. Personalmente me inclino por esta segunda hipótesis por dos razones: la relativa larga distancia, para la época, entre la muralla y donde debió construirse el monasterio del Paso, y porque en 1460 la destrucción de la muralla era sólo incipiente.
El pedernal aparece en cuarteles de dos longitudes distintas, separados por una doble verdugada de ladrillo, de forma similar a la de otras muchas de las reutilizaciones.

Monasterio de la Encarnación

He leído en algún sitio que Madrid no es una gran ciudad monumental, como lo pueden ser París, Viena o Praga, sino una ciudad de sitios, lugares o rincones. Seguramente es una percepción acertada, que por otra parte es más próxima a mi concepción de pueblo, cercano y entrañable.

Escribo esto aquí, porque la plaza de la Encarnación es uno de mis rincones madrileños favoritos. El conjunto integrado por el monasterio, la plazuela y los edificios que la circundan, estupendamente remozados, tiene un especial encanto, con un cierto aire recoleto, pese al tráfico de la calle Arrieta. Sentarse en los escasos bancos de la plaza o en el poyete que limita el jardín, sigue siendo algo muy recomendable.
El monasterio fue construido entre 1611 y 1616, bajo la experta mano de Juan Gómez de Mora, continuador de su tío Francisco de Mora, y es uno de los principales exponentes del barroco posherreriano madrileño. El modelo fue seguido en multitud de templos y edificios de Madrid, como es el caso de la Plaza Mayor, en la que, desgraciadamente, no se utilizó el pedernal, al menos en las fachadas, lo que le habría dado un aspecto aún más majestuoso del que ya tiene, y además me habría permitido escribir largo y tendido sobre ella. Una pena.
La fundación del monasterio se debe a la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III, impulsada por el fervor religioso que le inspiró la madre Mariana de San José. El edificio formaba parte de un amplio complejo unido al Alcázar con el que se comunicaba por un pasadizo extendido entre uno de los laterales de la fachada principal del convento y la Casa del Tesoro, contigua al Alcázar.

Sin duda, lo que hace más popular al monasterio es la custodia de la famosa sangre de San Pantaleón, que se licua cada 27 de julio, siempre, claro está que no haya algún desastre que lo impida.

Personalmente la plaza de la Encarnación forma parte importante de mi infancia, ya que estaba en el camino del parvulario de mi colegio, en la calle de La Bola, en donde teníamos nuestra “cancha” de baloncesto...(ver Escuela Superior de Conservación)

También en la calle de la Bola teníamos nuestro médico de cabecera, muy avanzado para su época, al que íbamos para que “nos echara los rayos X”, sistema ideal para vigilar los pulmones, máxima preocupación de aquellos años de la posguerra.

En uno de aquellos tránsitos por la plaza asistimos al rodaje de una escena de una película, en la que un coche de principios del siglo pasado se iba llenando de padres e hijos. Luego resultó que era la segunda escena de Novio a la vista, rodada por Luis García Berlanga en 1951. Una familia, que salía para su veraneo en Lindamar, esperaba al hijo que venía de examinarse y suspender en el Instituto de San Isidro. Antes que el protagonista, se había examinado,  el “no Rey”, Don Juan, al que le preguntaban por la dinastía de los Borbones, y respondía aquello de: “Los Borbones son: Felipe V, Luis I, Fernando VI, Carlos III; Carlos IV, Fernando VII, Isabel II, Alfonso XII ... y papá” lo que era recibido con aplausos por el tribunal.

Sobre el noble uso del pedernal poco hay que decir en este caso, más allá de recrearse con las imágenes de las distintas fachadas del monasterio. ¡Qué espectáculo habría supuesto un uso similar en la Plaza Mayor, en la Casa de la Villa y en tantos otros edificios construidos en la misma época, siguiendo las directrices de Juan Gómez de la Mora!
De nuevo encontramos el pedernal incluido en cuarteles de dos anchuras distintas separados por una doble fila de ladrillos. El pedernal está aplanado por la argamasa y el ladrillo está separado por una llaga blanca muy visible. Obsérvese el color oscuro de este pedernal para compararlo, cuando sea oportuno, con el color del pedernal incorporado en otros edificios.

Sede de la UGT (Convento de las Arrecogidas)

En todos los casos en los que los edificios han cambiado de nombre he optado por identificarlos por el nombre o uso actual, aunque el cambio haya sido tan profundo como el del actual, en el que el edificio sito en el número 88 de la calle de Hortaleza, ha pasado con el transcurso de los años de convento  a sede de sindicato.  
Texeira identifica el Convento en su plano como: Recogimiento de las Arrepentidas, y señala que su nombre oficial es el de: Casa Real de Santa María Magdalena de Mujeres. No obstante, el pueblo soberano lo conoció desde muy pronto como: Convento de las Recogidas o Arrecogidas, que así parece tener más gracia, y así lo denomino en este blog.
En lo que a mí corresponde, el Convento forma parte de mi paisaje vital, ligado al trayecto del autobús 3 (creo que anteriormente llevaba era el número 4) que he utilizado desde mi juventud de forma habitual, por ejemplo, para ir durante tantos años a la Escuela de Minas situada en la calle Ríos Rosas.
A falta de vivencias personales con este convento, sí tengo un recuerdo entrañable, vinculado a ese trayecto del autobús 3 a su paso por la calle de Hortaleza. En el primer tercio de la calle tenía su despacho de trabajo Rafael Cela Trulock, hermano de Camilo José. Rafael era Ingeniero de Minas y cliente de mi padre que dirigía la sucursal del Banesto situada a la entrada de la calle de Fuencarral. Mi padre le debió de pedir que nos ayudara, a mi hermano y a mí, con algún tema de estudios, a lo que Cela accedió. No recuerdo nada en absoluto de los que nos contó en las escasas clases que nos impartió, más allá de contarnos que la figura que forma el reflejo de la luz en el interior de un anillo es una cicloide, pero lo que recuerdo muy bien es una historia personal que nos narró. Rafael tenía el gesto, la voz y el estilo narrativo que recordaban a los de su hermano Camilo, por lo que resultaba realmente agradable escucharle. Nos contó que siendo estudiante de bachiller pasó por Ujo, pueblo situado en plena cuenca minera asturiana. Observó, nos dijo, que la tierra era negra, que el río era negro, que las mozas ¡eran negras!, y que lo único que no era negro era la sotana del cura, que estaba verde por el uso. Eso le llevó a decidir que nunca sería ingeniero de minas…, pero acabó siéndolo.
El Convento tiene una sabrosa historia[1], que parece tiene sus antecedentes allá por 1587, año en el que las monjas terciarias franciscanas empezaron a recoger a las mujeres descarriadas en el Hospital de Peregrinos que estaba situado en la calle del Arenal. Este Hospital entró en estado de coma físico y el Gobernador del Consejo Real mandó edificar un nuevo Convento en la calle de Hortaleza, que fue solemnemente inaugurado en mayo de 1623. Conviene recordar aquí, a efectos arquitectónicos, que eso le hace coetáneo del Monasterio de la Encarnación, del Monasterio del Carmen o de una de las reformas de San Ginés.
Del traslado de veinte monjas y de cincuenta arrepentidas desde Arenal a Hortaleza, ha quedado constancia en los cronicones de la Villa, ya que parece fue un acontecimiento. La procesión pasó por delante del Monasterio de las Descalzas en uno de cuyos balcones estaban los reyes, Felipe IV e Isabel de Borbón: la procesión hizo una estación, se postró y se cantó una salve con gran devoción y emoción.
Curiosamente este convento de recogimiento no era el único que prestaba sus servicios en Madrid ya que, desde que en 1593 le propusieran a Felipe II “la conveniencia de hacer en la Corte un recogimiento de las mujeres mozas perdidas que andan por estas calles ofendiendo a nuestro Señor”, fueron varias las instituciones que se crearon con esta finalidad. Hay noticia, al menos, de: la Casa de Aprobación de la Magdalena, para mujeres que se convierten; el Convento de las Arrepentidas de Atocha; el Colegio reclusión de mujeres, San Nicolás de Bari; la Real casa de la Galera, que servía de encierro y corrección a mujeres de mala vida, sita en la calle del Soldado; etc.
La “especialidad” del convento de las Arrecogidas era la de procurar la reclusión decente de mujeres que hubieran sido públicas pecadoras y una vez entradas allí, no podían salir más que para casarse o para tomar los hábitos. No hay datos estadísticos sobre qué tipo de salida predominó.
Andando el tiempo, se produce el relevo de la dinastía de los Habsburgo por la dinastía Borbón y Felipe V accede al trono de España. Pese a su origen francés, presuntamente más liberal y mundano, decide perseguir la prostitución callejera y en 1733 crea, ni más ni menos que la Santa y Real Hermandad de Nuestra Señora de la Esperanza y Santo Celo de la Salvación de la Almas, que estuvo ubicada en el Convento de las Recogidas a partir de 1744. Entre otras misiones, y ante la dificultad de erradicar la prostitución callejera, esta Hermandad creó una ronda que se paseaba por las calles más conflictivas en la penumbra del ocaso. Según cuenta Ángel Utrillas, “una procesión de hermanos vestidos de riguroso hábito oscuro, con el soniquete de las campanillas y las luces de algunas antorchas produciendo sombras cuando menos, inquietantes, cantaba coplas” como la siguiente:
“Hombre que estás en pecado
si esta noche te mueres
piensa bien a donde fueres.
Presto, torpe pasarás
de tus carnales contentos
a los eternos tormentos”.
La misión de la ronda era, además de recoger a las prostitutas directamente de la calle, pedir limosna, pero sobre todo atormentar y ahuyentar a los usuarios de los servicios de las damas. Debido a esa procesión tan peculiar y al nombre tan estrepitoso y exagerado de la Hermandad, no era de extrañar que el vulgo la conociera como Ronda del Pecado Mortal. La Ronda subsistió hasta 1845, al parecer porque la mejora de la iluminación callejera le restaba la necesaria tenebrosidad.
Con la llegada del siglo XX el Convento sufrió distintas transformaciones, empezando por la remodelación que llevó a cabo, en 1897, el arquitecto Ricardo García Guereta, que con ocasión de la salida de las terciarias franciscanas y la entrada de calatravas cistercienses, recubrió parte de la fachada exterior con ladrillo de estilo neo mudéjar. En 1916, el arquitecto Jesús Carrasco dirigió una reconstrucción del edificio según el antiguo trazado.
En 1936 el convento, como tantos otros conventos e iglesias, entró en autocombustión por lo que hubo de ser reconstruido en la posguerra, para ser habitado de nuevo por otras congregaciones religiosas hasta su definitivo abandonó en 1974. En 1987 fue adquirido por la Unión General de Trabajadores, que trasladó allí la sede de su Ejecutiva Confederal en junio de 1989. Pedro Almodóvar grabó en este edificio parte de su película “Entre tinieblas”.
El pedernal está alojado en cuarteles relativamente pequeños, sin llaga divisoria, que recuerda a la utilización ornamental que de él se hizo en la Encarnación, San Ginés o el Carmen, de los que, como antes quedó apuntado, es contemporáneo el Convento original.
Y ya que sale a colación la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, cuya historia y anecdótica vinculación con la prostitución está recogida la correspondiente entrada, merece la pena un comentario sobre este oficio y sobre el tratamiento que la sociedad le dio a lo largo de aquellos dos o tres siglos.
Apunta Ángel Utrillas, entiendo que con mucho acierto, que la conversión acelerada del poblachón manchego en sede de la Corte y capital de las Españas, hubo de ser traumática en muchos aspectos y uno de ellos fue la afluencia de multitud de hombres jóvenes en edad de merecer, muchos de ellos militares, sin que existiera una contrapartida equilibrada de mocitas casaderas. Esto creó una tensión sexual que derivó en falta de respeto hacia las jovencitas vírgenes, incluidas las novicias de los conventos (quizás convenga recordar el lance del Tenorio y Doña Inés, que surge como un reto de don Luis Mejía para que Don Juan complete la lista de sus conquistas con una novicia) La proliferación de asaltos de este tipo y de violaciones seguramente llevó a considerar la prostitución como un mal menor (como ha pasado clásicamente con los ejércitos en marcha) y las mancebías como un remedio para devolver la seguridad a las calles.
En el plano de Texeira se recoge al menos una “casa de las mujeres públicas”, situada entre las calles de Toledo y Arganzuela, cuya titular quizás fuera Polonia de los Reyes.
A lo largo de los años se alternaron épocas de tolerancia e intolerancia de la actividad, sobre todo en todo aquello que afectaba más visiblemente a la presencia en las calles de las mujeres y sus clientes, baste recordar que la creación del Convento coincide con el intento de Felipe IV de prohibir, no sólo las mancebías sino toda la prostitución en los amplios territorios de la monarquía.
En realidad, la prostitución no llegó a prohibirse nunca, aunque sí se intentó controlar diversas facetas de la actividad[2], como es el, caso de la sanidad, de su limitación geográfica a determinadas zonas (la más barata y ruidosa, se trató de confinar en el barranco de Lavapiés) y de su gestión económica: la Sala de Alcaldes de Casa y Corte, responsable de dicha gestión, cuidaba de que la actividad se realizara en las mancebías que controlaba y perseguía a los rufianes y alcahuetas que le birlaban los ingresos correspondientes.
Así fue, y así sigue siendo, sobre todo en lo que afecta a la prostitución vinculada a las clases bajas, ya que la vinculada a los ricos y a los poderosos siempre ha estado al margen de estas prohibiciones y controles, disfrazada de camareras, señoritas de compañía, asesoras y otros eufemismos.

Actualización a 19.02.2014
Gracias al concurso del Trivialillo madrileño que organiza Carlos Osorio en su blog: Caminando por Madrid, he podido incorporar a mi modesta "Madriteca" el libro escrito por Francisco José Gómez Fernández: Madrid, una ciudad para un Imperio.

Como tengo el feo vicio de leer lo que entra en casa, aunque sea regalado, he encontrado una cita en el libro, que enriquece esta entrada de forma notable. En la página 145,  el autor nos cuenta que, dentro de las actividades de proselitismo con las que el Rey y Olivares trataban de llevar al Príncipe de Gales y al duque de Buckingham al redil católico: "...hubieron de presenciar, de forma fingidamente casual, el traslado de un grupo de prostitutas arrepentidas a una nueva casa en la que rehacer sus vidas..." 

Ya que ambos hechos se produjeron en 1623, no cabe más que pensar que Carlos Estuardo vio pasar, supongo que con cierto asombro, la procesión a la que me he referido en el texto.
(ver La Casa de las Siete Chimeneas)
Gracias, Gómez; gracias, Carlos.




[2] Enrique Villalba Pérez: Delincuencia, marginación y control del orden público en el Madrid del siglo XVII, EL MADRID DE VELÁZQUEZ Y CALDERÓN. Ayuntamiento de Madrid