miércoles, 2 de mayo de 2018

EL LIBRO

En un principio fue el Libro...

Tan bíblico inicio tiene su explicación. A finales del 2008 abordé la autoedición onerosa de una primera versión de La Muralla Reciclada. Se trataba de un "librito" de 165x220 que constaba de 93 páginas.
Edición de 2008

Su acogida entre amigos y familiares fue muy reconfortante pero por diversos motivos no tuvo promoción alguna y, aunque intenté una tímida incorporación al circuito comercial, el reducido número de ejemplares editados coartó desde su inicio una mínima difusión.

Pero el problema surgió cuando la información recogida en el texto empezó a quedarse pequeña por el continuo hallazgo de nuevas aplicaciones del pedernal en los edificios y usos urbanos de Madrid, que me situaron ante el reto de complementar lo escrito y compartir dichos hallazgos. Intenté confeccionar un Apéndice con medios "caseros" (de hecho lo hice, en diciembre de 2012)  pero me dejó muy insatisfecho. 

Estando en ello se me cruzó Mercedes Gómez que me sugirió la apertura de un blog. La hice caso, y le estoy muy agradecido, ya que ello me ha permitido ir ampliando la información e interactuar con quienes tiene la amabilidad de consultarlo y aportar sus propios puntos de vista. Aprecio, y mucho, las capacidades de esta forma de comunicación que nos ha proporcionado la tecnología informática. Abrí el blog en el mismo mes de diciembre de 2012 y, pese a sus evidentes limitaciones temáticas, lleva recibidas a día de hoy  cerca de 26.000 visitas, lo que me parece increíble.
Edición de 2015

Todo está muy bien, pero pertenezco a esas generaciones "preinformáticas" para las que la letra impresa es la portadora de la cultura y la comunicación (de hecho tengo varios buenos amigos que, en eso de la informática, están sin alfabetizar) por lo que en cuanto he encontrado un hueco y he encontrado una editorial  (Visionnet) que me ha proporcionado confianza, me he lanzado a esta nueva aventura, aunque ahora con más y mejores mimbres que hace 7 años.

Pese a ser consciente de que seguiré encontrando nuevos hallazgos y de que deberé matizar muchos de los temas expuestos, he confeccionado una nueva versión de  la muralla, en formato 170x240, que ocupa 175  páginas, lo que significa evidentemente que el contenido se ha incrementado de forma sensible y justifica el subtítulo que he utilizado:  Edición corregida y muy aumentada.

Al haber recurrido a los servicios de Visionnet el Libro va a estar accesible, además de en la Editorial, en los circuitos comerciales habituales, tanto en papel como en bits (eBook) para seguir aprovechando las facilidades de la informática.

Lamento haber "umbraleado" (hablar de mi libro) pero supongo que se entiende.

    http://www.visionnet-libros.com/detalles.asp?id_Productos=14253










martes, 1 de mayo de 2018

ÍNDICE

ÍNDICE


EL AUTOR Y SU MADRID
EL LIBRO

LA MURALLA
Presentación
La muralla de Madrid
La muralla de fuego: El pedernal
Avatares de la muralla: Un poco de historia
Madrid Capital de España
Los restos de la muralla
La reutilización del pedernal
Encuadre cronológico
Encuadre espacial
Madrid y sus otras alternativas
El pedernal: "arquetipo" madrileño
Diálogos de piedra y agua
Tipología del uso del pedernal
Capilla del Obispo
San Pedro el Viejo
San Nicolás
San Ginés
Nuestra Señora del Carmen
Monasterio de las Descalzas Reales
San Jerónimo el Real
Monasterio de la Encarnación
Sede de la UGT (Convento de las Arrecogidas)




OTROS PEDERNALES








lunes, 30 de abril de 2018

Presentación

Con este blog pretendo compartir mi pasión por Madrid, con quienquiera que tenga la amabilidad de leerlo. Afortunadamente han proliferado los blogs dedicados a Madrid por lo que parece conveniente buscar una "especialización" que justifique el lanzamiento de uno nuevo. En este caso, utilizo como excusa la hipótesis de que el pedernal que formaba parte importante de la muralla de Madrid fue reutilizado (reciclado, según la terminología ecológica actual) en la construcción de numerosos edificios de todo tipo, junto al ladrillo cocido y la pizarra, creando el "estilo austria" del viejo Madrid. Este es mi "nicho de mercado".

En las descripciones de los edificios y otros usos he utilizado, junto anécdotas y leyendas más o menos conocidas, vivencias propias, lo que le da un cierto aire personal. Lo hago para reforzar mi idea de que las ciudades están construidas para las personas y no al revés, como parecen defender algunos.

Hago numerosas referencias al Plano de Texeira porque me parece un documento testimonial de gran relevancia de ese Madrid de los Austrias que acogió la mayoría de los edificios que cito.
El autor nació en la Plaza de Gabriel Miró, es decir, en Las Vistillas, por delante de ese hermoso trozo de muralla que en la actualidad es la calle Angosta de los Mancebos

En el blog he utilizado cuatro "etiquetas": I. La muralla; II. Edificios religiosos; III. Palacios y edificos públicos; IV. Otros usos urbanos, que pueden ser consultadas individualmente, si el lector lo prefiere.

Estaré encantado de recibir sugerencias y comentarios, que me comprometo a responder en lo que me sea posible. 

martes, 11 de diciembre de 2012

La muralla de Madrid

Este es un hecho evidente, para todo el que mire y lea, que Madrid tuvo, y en parte tiene, una muralla. Para el que mire, porque a pesar de siglos y siglos de continua destrucción, aún quedan suficientes restos de ella, y para el que lea, porque su existencia está profusamente documentada, aunque las fuentes en origen sean bastante convergentes.

Como decía antes, los estudiosos se pusieron a contar, y andan en discusión sobre si hubo una o dos murallas árabes, y si después existieron dos o tres murallas cristianas. Estos estudiosos no tienen en cuenta que se trata, en cualquier caso, de una construcción urbanística de Madrid, y eso significa, por muy atrás en el tiempo que vayamos, que la muralla siempre estaría y está en obras, y lo mismo que ahora tenemos una M-30, que varía cada mes o cada semana, nuestros antepasados, fuera bajo la dominación árabe o bajo la cristiana, tendrían una muralla “penelopiana”, en continua construcción, destrucción y reconstrucción.
Grabado del Alcázar y la Muralla realizado en 1562 por Anton Van den Wyngaerde, conocido en España como Antonio de las Viñas

Aquí me acojo, porque me gusta y me viene bien, a la versión según la cual, el emir de Córdoba Muhammad I, a finales del siglo IX fundó la ciudad de Mayrit, sobre una colina que venía siendo habitada desde tiempos prehistóricos, y edificó un alcázar que amuralló usando pedernal en su parte inferior y caliza en la superior, y rodeó esta muralla con fosos llenos de agua, aprovechando los numerosos arroyos que había en la zona. A este recinto amurallado se le denominaba Almudayna o Almudena, que significa “ciudadela” en árabe.

A partir de esa primera muralla árabe, Madrid fue construyendo sucesivas murallas cristianas. A los efectos de este blog, poco importa cuál fue el número de murallas que haya tenido Madrid, ya que me voy a referir a una muralla, que tal vez sea mezcla de elementos de varias, y que entiendo viene a coincidir de forma muy aproximada con la que los expertos identifican como la segunda muralla cristiana.
Esa muralla fue construida sobre y a partir de las anteriores entre los siglos XI y XII. Partía del Alcázar y, siguiendo el sentido contrario al de las agujas del reloj, bajaba por la Cuesta de la Vega, cruzaba la calle de Segovia y se metía por entre las calles Angosta de Mancebos y Don Pedro, salía a la plaza de Puerta de Moros, discurría por entre la Cava Baja y la calle del Almendro, para llegar a la plaza de Puerta Cerrada y continuar por el interior de las casas de la calle de Cuchilleros y de la Cava de San Miguel, seguía entre Espejo y Mesón de Paños e Independencia y Escalinata hasta la plaza de Isabel II desde donde enlazaba, de nuevo, con el Alcázar, para cerrar el recinto. Esta zona norte del trazado es la que presenta más dudas, ya que los restos encontrados son más escasos.

Por cierto, que en relación con la Puerta de Moros existe una leyenda truculenta. Al parecer, en una determinada época todas las noches los vecinos escuchaban voces, gritos, alaridos y todo tipo de ruidos fantasmagóricos. La primera explicación que dio el pueblo es que los gritos procedían del alma en pena de un morisco que había fallecido al recibir el bautismo. Los vecinos cristianos colocaron una cruz en la puerta de la casa del morisco para exorcizar su alma, pero la medida no surtió su efecto, y los alaridos nocturnos no cesaron. La cosa se complicó y se aclaró cuando los vecinos pudieron ver, que no era una sino tres las almas en pena de niños que atravesaban las paredes y gritaban el nombre de quien les había quitado la vida, que no era otro que su propio padre, un armenio ¡que se los había comido! El asesino fue azotado hasta morir y los espectros desaparecieron. ¡Toma ya!

Sin miedo a los fantasmas, mi mujer y yo hemos convertido en una costumbre, bien grata por cierto, cubrir un circuito que sigue aproximadamente el recorrido de la muralla, ya sea paseándolo por puro placer e higiene, o para realizar pequeñas compras diarias.

En el espacio delimitado por esta muralla está compendiada la pequeña historia de las primeras versiones de “Madrid”. Desde los asentamientos iniciales en el valle de San Pedro, alrededor de fuentes y corrientes de agua abundantes y de alta calidad, a la primera fortificación árabe del cerro del Alcázar, llevada a cabo por Muhammad I, allá por el 855, al crecimiento de los barrios musulmanes, judíos y cristianos, o al nacimiento de los distintos arrabales extramuros.

Es un espacio en el que estuvieron ubicadas las principales parroquias de aquel Madrid, como las de Santa María, San Salvador, San Nicolás, San Pedro y San Andrés, citadas en orden de antigüedad, más las de San Juan, San Justo, San Miguel de la Sagra, San Miguel de los Octoes y Santiago, cuya antigüedad se desconoce. Al parecer, es posible que Santa María fuera, incluso, anterior a la invasión musulmana.

Históricamente, esta muralla cristiana debió ser la que impidió, en 1114, que Aben Yusuf recuperara Madrid para la causa árabe, pese a tener asediada la ciudad durante un largo periodo, acampado en lo que es ahora el “Campo del Moro”.

Aben Yusuf no pudo entrar, pero los madrileños de entonces entraban y salían por las distintas puertas de las que ha quedado memoria histórica y, a veces, toponímica. Si hubiéramos podido realizar nuestro habitual paseo, allá por el siglo XIII, parece que nos habríamos encontrado con vecinos entrando y saliendo por la Puerta de la Vega, la de Moros, la Cerrada (bueno, por ésta quizás no), la de Guadalajara o la de Valnadú. También estarían ahí, aún en pie y dentro del recinto, el Arco de Santa María, y la Puerta de la Xagra, vestigios de la muralla árabe.

Pero, además de estas puertas, en el paseo habríamos visto decenas y decenas de cubos, así como varias torres de las cuales han llegado hasta nosotros algunos nombres como la Torre Gaona o la Torre Narigües, de discutida localización.
Y claro, podríamos haber aprovechado el paseo para aprovisionarnos de las cosas más necesarias para la casa, ya que las industrias y artesanías se instalaban extramuros, cercanas a las puertas. Ahí están las calles de las platerías, de las hilanderas, de los bordadores, de los cuchilleros, de los tintoreros, de los latoneros, de los coloreros, de los curtidores, de los cabestreros, de los esparteros, de los cedaceros, de los boteros (hoy, de Felipe III) o la plaza de de los herradores. Seguramente la ubicación de tantos y tantos oficios no se corresponde exactamente con los establecimientos del siglo XIII, ya que lo lógico es que evolucionaran y se desplazaran con el paso de los años y de los siglos, pero apostaría a que no estaban muy lejos de las calles actuales.

También, en este hipotético paseo habríamos encontrado, sin duda, un terreno accidentado, con zanjas, con charcos, con cien dificultades para andar... es decir, como ahora, gracias a las interminables y sorprendentes obras con las que nuestros regidores nos mejoran diariamente la ciudad desde la más remota antigüedad.


La muralla de fuego: El pedernal

Junto a la inevitable argamasa y otros materiales, como la caliza o el granito, el elemento básico de la muralla de Madrid era, y es, el pedernal, el sílex.

Según los tratados de mineralogía, el pedernal es una variedad del cuarzo, compuesto por sílice microcristalina con muy pequeñas cantidades de agua y alúmina. Se trata de un material muy compacto, que rompe dando formas albeadas, lo que se conoce como fractura concoidea. Cuando se fractura por dos caras opuestas, se produce una arista que puede ser muy fina y resistente, cualidad que permitió a los hombres primitivos extraer de él lascas que servían para cortar gran cantidad de materiales. Es de color gris amarillento más o menos oscuro, lustroso como la cera y, en grosores pequeños, resulta translúcido. Es sinónimo coloquial de dureza, utilizado en frases hechas como aquella de tener un corazón de pedernal.

Pero aún queda otra característica casi mágica, como pudieron descubrir nuestros remotos antepasados y es que, herido por otros materiales duros produce chispas, lo que le convirtió en una de las opciones más sencillas de obtener el todopoderoso fuego.

Pues bien, la utilización del pedernal en la construcción de la muralla, bien lógica ya que como se ha dicho es un material compacto y muy duro que lo hace idóneo para defenderse de los presuntos invasores, se convirtió desde muy pronto en una seña de identidad de Madrid y, como intenta demostrar este blog, sigue formando parte de la identidad de este Madrid del siglo XXI.
En efecto, según López de Hoyos, existió un emblema de Madrid, anterior a 1200, en el que aparecía un trozo de pedernal medio sumergido en agua, con dos eslabones a los lados que hacían saltar chispas de él.

El emblema se completaba con la siguiente leyenda:

Fui sobre agua edificada,
mis muros de fuego son,
ésta es mi insignia y blasón

La razón de la primera frase de la leyenda requiere pocas explicaciones. Es una mera descripción del conocido hecho de que Madrid se fundara en una zona rica en aguas fluyentes y con abundantes manantiales. Su propio nombre árabe, Mayrit, significa “tierra rica en agua”. Por otra parte, el arroyo que fluía por la calle de Segovia hacia el Manzanares, parece que era llamado Matrice, que vuelve a confundirse con el nombre de Madrid. Total que lo del agua resulta evidente que es una de las causas de la fundación del asentamiento, por lo que su aparición en los primeros emblemas es obvia.

La segunda frase de la leyenda nos remite directamente al pedernal de la muralla, que debía ser el orgullo de los primeros madrileños, tanto árabes como cristianos, ya que puesta a prueba en distintos asedios resistió y los mantuvo a salvo. La justificación de los “muros de fuego” tiene dos versiones: la primera, más romántica, podría significar que la muralla de pedernal, al ser iluminada por el sol de poniente, desprendería destellos de color rojizo. Los que disfrutamos a diario de los atardeceres madrileños desde Las Vistillas, el Viaducto o los Jardines de Sabatini, entendemos muy bien esta versión, y nos imaginamos la visión desde el campo del Moro de una “muralla ardiente”, herida por los últimos rayos de sol (ver la entrada de El Alcázar y su Torre Dorada)

Sin embargo, es de temer que la segunda versión sea más acertada, ya que se refiere a la guerra, y ésta está más en la cabeza de los hombres que las visiones bucólicas. La cuestión sería que, al recibir flechazos y lanzadas, el pedernal de la muralla devolvería chispas para asombro de los asaltantes y orgullo de los madrileños, que convirtieron sus muros de fuego, junto al agua primigenia origen de toda vida y civilización, en parte de su lema.

Por cierto, ¿cómo no se le habrá ocurrido a nadie uno de esos cartelitos horteras para los coches, que diga algo así como?: Madrid, la ciudad de agua y fuego. Seguramente porque quienes crean tales engendros desconocen nuestra historia.
Es, precisamente, ese pedernal el que sirve de excusa e hilo conductor en este blog, ya que según la hipótesis que mantengo, mientras estuvo incorporado a la muralla sirvió para proporcionarle un gran valor defensivo y, al parecer, para dar color a la ciudad y, cuando la muralla se fue derruyendo, se recicló, al utilizarlo en la construcción de todo tipo de edificios.

Madrid Capital de España

Se hace necesario ahora viajar al siglo XVI, a un hecho crucial para el devenir de Madrid y, en lo que aquí nos ocupa, para el devenir de su muralla, cual es la instalación definitiva de la Corte en la Villa de Madrid y su consiguiente conversión en la capital de España y, en aquella época, de las Españas. La afirmación anterior, por obvia que parezca, y lo es a rabiar, no deja de merecer alguna reflexión.

El segundo Felipe, bisnieto de los Reyes Católicos, tenía prácticamente afincada la corte en Toledo, aunque él venía mostrando una cierta preferencia por residir en Madrid como sus antepasados trastámaras. Parece que el Rey Prudente, tan escribidor él, no dejó ninguna pista de por qué consideró adecuado, en 1561, hacer de Madrid la capital de sus extensos reinos, de por qué la prefirió a Toledo, Valladolid o, incluso Lisboa, en el momento en que pudo serlo, teniendo al otro lado del charco tan amplios territorios que gobernar. Ni siquiera parece que dejara nada escrito sobre el propio traslado. Lo hizo, y basta.
A los efectos que aquí nos interesan, la capitalidad supone una explosión demográfica y urbanística que se tradujo en una rápida expansión de la ciudad. Baste decir que, si en 1546 los vecinos de Madrid eran unos 5.000, en sólo 25 años la cantidad se elevó a más de 25.000. Para darles acogida, ya que entonces no podían construirse torres de 50 plantas, hubo que rebasar los límites de la muralla en todas las direcciones, salvo hacia el oeste, ya que los desniveles del Campo del Moro y las Vistillas, suponían una solución de continuidad para los constructores. Además, el Alcázar seguía exigiendo cierto respeto y control.

La muralla, como se ha dicho, fue desapareciendo paulatinamente ya fuera por destrucción o por ocultación, pero su recinto interior quedó, en cierta medida “congelado”, con una sustitución de casas in situ, pero sin grandes transformaciones drásticas del trazado urbano, de forma tal que la estructura básica del plano de Texeira es perfectamente reconocible hoy, tal como hemos podido comprobar con algunos ejemplos.

Aquí se puede hacer un sencillo ejercicio de historia-ficción: imaginar qué habría sido de Madrid sin la decisión, ni explicada, ni explicitada de Felipe II. Pues seguramente habría seguido una evolución demográfica y urbanística lenta, que le habría permitido mantener mejor la muralla, que sería ahora un gran atractivo turístico como pasa con tantas otras ciudades amuralladas. Por el contrario, Toledo no tendría hoy muralla, y tal vez el Tajo habría sido desviado, o circundaría la ciudad bajo la To-30, que ahora estaría tratando de soterrar o de duplicar el alcalde toledano.

Esta acertada recreación de P.Schild podría haber sido la imagen de Madrid hasta el siglo XVIII o XIX, sin la capitalidad  
Pero lo cierto es que la elegida fue Madrid, y que fue Madrid la que sufrió en sus pétreas carnes una profunda crisis de crecimiento, crisis que por cierto no parece tener fin. Y fue durante su adolescencia, que trascurrió entre los siglos XV y XVI, cuando experimentó el cambio objeto de este documento, puesto que fue en estos siglos en los que coincidieron los dos hechos trascendentes a efectos de mi trabajo: la destrucción de la muralla y la construcción de las iglesias, conventos, palacios, edificios públicos y viviendas que exigía la nueva capitalidad.

No obstante, el traslado de la Corte a Madrid no parece que conmoviera inicialmente a la nobleza, fuertemente afincada en sus feudos de Toledo, Burgos, Valladolid u otras ciudades, o al menos no la conmovió tanto como para ponerse a construir palacios y residencias de cierta importancia. Tal vez no tenían entonces muy claro lo que era, o iba a ser, la Corte, o tal vez no se tomaron muy en serio la designación de Madrid, ya que la competencia de Valladolid y otras ciudades les parecería difícilmente superable. A lo que parece, el impulso constructor se restringió a pocos casos, en general, en la periferia del centro urbano, como son los casos de la Casa de las Siete Chimeneas o la Casa de Campo de Antonio Pérez en el camino de Atocha.

Al contrario que la nobleza, las órdenes religiosas sí que apreciaron una oportunidad en la nueva capital y se lanzaron desde el principio a fundar conventos y monasterios, hasta el punto que hubo que refrenar, por ley, sus afanes fundacionales, limitando el número de órdenes que podían instalarse.

Tras el impulso inicial de Felipe II, fueron su hijo Felipe III y sobre todo su nieto, Felipe IV, los artífices de la primera gran transformación de Madrid, casi definitiva en lo que al Madrid de los Austrias se refiere, embelleciéndola de la mano de arquitectos como Antonio Sillero, Juan Ruiz, Francisco de Mora y, sobre todo, de su sobrino Juan Gómez de Mora (1586-1648), arquitecto del barroco castellano, heredero de los postulados de Herrera, y creador o consolidador del “estilo Austria”, sencillo y austero, en cuya ornamentación juega un papel primordial el pedernal reciclado.

Don Eugenio D’Ors describe el estilo Austria como el compuesto por:“el popular ladrillo y el señorial granito de la sillería, ambos coronados por la majestad real de la pizarra”. La descripción es hermosa, aunque resulta evidente que don Eugenio, confunde o simplifica el componente de la sillería, entre los que desde luego está el granito, pero también y de forma muy destacada, el pedernal.

Es, además, con esta dinastía con la que Madrid vive su gran crecimiento económico y el gran desarrollo cultural del Siglo de Oro español, con monstruos literarios como Cervantes, Lope, Quevedo, Góngora o Calderón y con pintores como Velázquez. 

Avatares de la muralla: Un poco de historia

En los libros de historia se ha establecido que Alfonso VI, el de la jura ante el Cid en Santa Gadea, abuelo, por cierto, del casquivano “Alfonso siete” de La Venganza de Don Mendo, recuperó definitivamente Madrid para las huestes cristianas, allá por 1085, en la misma campaña que le llevó a conquistar Toledo. Fue la última y definitiva vez que Madrid cambió de bando.

También, está documentado que el Rey mandó reconstruir y ampliar la anterior muralla árabe para resistir futuros asedios, y que lo hizo con éxito, ya que evitó la toma por parte de Aben Yusuf, unos 30 años después.

Y, por último, ha quedado establecido que el componente más relevantey particular de la muralla era el pedernal, material duro, noble y fogoso donde los haya.

Pues bien, ahí tenemos a nuestro pueblo manchego, en pleno siglo XIII, incorporado plenamente a la España cristiana, lo que no impedía una convivencia razonable entre cristianos, mudéjares y judíos, como en siglos anteriores la había habido entre árabes, mozárabes y judíos. Como suele ocurrir, los mudéjares con mayor poder adquisitivo emigraron a otros reinos árabes de la propia península, quedando en Madrid los económicamente más débiles, que se aposentaron en la Morería y en Las Vistillas. Curiosamente, mis Vistillas había sido el barrio cristiano (mozárabe) durante la dominación musulmana (menudo negocio de traspasos harían los especuladores de entonces).

El siglo XIV y buena parte del XV tampoco aportarían modificaciones drásticas a la situación de la ciudad, a los efectos que aquí nos interesan, aunque sí una continua evolución para adaptarse a las necesidades de la población. La frontera entre los reinos cristianos y árabes quedaba cada vez más lejos, por lo que la muralla fue perdiendo su principal función defensiva, y como además la población no crecería de forma notable, la muralla no estorbaría demasiado y daría cierta sensación de seguridad. Cuando menos serviría para hacer pagar alcabalas y para tratar de controlar y aislar epidemias.

A finales del siglo XIV, se empieza a establecer la costumbre entre los reyes de Castilla, los Trastámara, de utilizar Madrid como residencia habitual, costumbre que a la larga terminaría convirtiendo a Madrid en la capital de España y transformando drásticamente esta pequeña población manchega. Parece ser que tanto Enrique II, como Juan II y sobre todo Enrique IV fueron los "inventores" de la corte madrileña. Algo verían en ella, para preferirla a ciudades tan hechas y derechas como Toledo, Valladolid, León o Burgos. Seguramente fue su agua y su clima, pero también la ausencia de nobles fuertemente asentados, que seguían ejerciendo de señores feudales.

Lo cierto es que, siguiendo con la costumbre, Isabel I “madrileñeó” con cierta asiduidad, alojándose con su marido Fernando en casa de los Lasso, en la Plaza de la Paja, y que la católica reina ya tuvo alguna influencia sobre la vida y la configuración de Madrid.

En el último cuarto del siglo XV, Isabel se debió encontrar con un Madrid pequeño, no tendría ni 3.000 vecinos, desordenado y sucio, al que rodeaba una muralla medieval, parcialmente arruinada. En 1476 mandó desguarnecer la parte interior de torres y puertas y derribar diversos lienzos de la muralla, para evitar que se pudiera utilizar como plaza fuerte durante la guerra contra Juana la Beltraneja, lo que no hace más que valorar el buen nombre que tenía la muralla como elemento defensivo. Con respecto a los materiales resultantes del derribo, entre los que debo destacar el pedernal, la Reina Católica decidió cederlos a quien los quisiera, con lo que puso, seguramente sin pretenderlo, un primer pilar para sostener la idea de la reutilización.

Dieciocho años más tarde, en 1494, los Reyes Católicos dictan normas sobre la ordenación urbanística de la Villa de Madrid, que incluyen cuestiones como la iluminación, la altura y anchura de las ventanas de los edificios, la circulación de los carruajes, etc., normas que, seguramente, tendrían también repercusión sobre la muralla.

El nieto Carlos, que vino mucho menos por aquí (él se lo perdió), al estar tan ocupado como estaba con Flandes y otros rincones del Imperio puso otro pilar (éste estoy seguro que no sabía nada de mi tesis) al permitir al Concejo utilizar los materiales que fueran extrayéndose del constante derribo de la muralla.

Nos encontramos, pues, con el primer austria, ya que a su “hermoso” padre, Felipe,  ni le cuento (por cierto, ¿cómo es posible que de un padre tan hermoso saliera un hijo tan feo?, porque el Emperador era feo de narices y, sobre todo, de mentón) bueno, como decía, nos encontramos con el primer austria, dando permisos a troche y moche para reutilizar los materiales de la muralla, en un Madrid que empezaba a crecer, ya que en 1546 los vecinos habían ascendido a unos 5.000.

Lógicamente la muralla cada vez “apretaba” más y fue sufriendo sucesivos ataques urbanísticos de todo tipo. Quienes primero sintieron en sus carnes las crisis de crecimiento de Madrid fueron las puertas, que ocupaban mucho espacio y que por su propia naturaleza estaban llenas de recovecos, necesarios para evitar el paso sencillo de las tropas atacantes, pero que sin asedios se convirtieron en sitios ideales para el emboscamiento de malhechores. Por estas razones, fueron siendo derribadas una tras otra:
  • en 1538 cayó la de Guadalajara, que tenía adosados numerosos comercios (curiosamente Carlos I mandó construir otra en su lugar, utilizando el pedernal, claro, que fue derribada cuarenta y cinco años más tarde);
  • en 1548, le tocó el turno a la de La Sagra;
  • la de Moros, fue derribada en 1566, más o menos al mismo tiempo que la de Valnadú;
  • el Arco de Santa María fue abatido, en 1570, para el paso de Ana de Austria, última esposa de Felipe II, gracias a un mes de denodado esfuerzo por 30 picapedreros;
  • por último, la Puerta Cerrada, llegó hasta 1582. 
La Puerta de la Vega llegó hasta 1820
Si el final de las puertas fortificadas estaba anunciado, el de los cubos y lienzos de la muralla fue (está siendo) más intermitente y discontinuo. En un principio, las ordenanzas municipales exigían que los muros quedaran expeditos por ambas caras, como se puede observar en la zona de Las Vistillas, en el plano de Texeira. Pero la presión demográfica y la codicia urbanística dieron al traste con las ordenanzas, tal como pasó con las “casas a la malicia”, y pronto empezaron a adosarse las viviendas a la muralla, en la que encontraban un apoyo firme y seguro. Los problemas empezaron cuando los habitantes de esas casas se dedicaron a agujerear los muros para comunicar las que estaban a uno y otro lado, provocando derrumbes, seguramente con víctimas.








La zona de las cavas, que no son otra cosa que las calles resultantes de cegar los antiguos fosos que rodeaban las murallas en varias zonas, muestra magníficos ejemplos de cómo Madrid se dedicó a “emparedar” su propia muralla. Texeira refleja, claramente, cómo fue desapareciendo de la vista la muralla entre la Cava Baja de San Francisco y la calle del Almendro.

Por cierto, en la primavera de 2006 apareció la noticia de que el Alcalde Ruiz Gallardón pretendía derribar las casas que ocultan la muralla para exponerla a la veneración de propios y extraños. Claro que algunos vecinos dieron en sospechar que tras la demolición de sus viviendas vendría la construcción de edificios en altura para gentes que puedan pagar precios astronómicos. El tiempo dirá en qué queda la iniciativa municipal…
En la zona de la Cava de San Miguel y de la Calle del Espejo, Texeira ya no reproduce restos, bien porque hubieran desaparecido o bien porque estaban tan ocultos que no los pudo ver, pero la estructura deja pocas dudas sobre dónde estuvo la muralla, hasta que el caserío la engulló, cual Saturno goyesco.

Total, que a lo largo de los siglos la muralla ha ido desapareciendo de la vista de los madrileños, bien porque era abducida por las nuevas construcciones, o bien porque era derribada allí donde estaba explícita, y su material, su pedernal, reutilizado para nuevas construcciones. En esta labor, como luego podremos comprobar, se llevó la palma el siglo XVI al hilo de la capitalidad del reino.

No obstante, la tarea no se completó entonces y en nuestros días, mejor dicho en los días de veteranos como el que esto escribe, hemos asistido a situaciones tan chuscas como la que se dio durante la construcción de la casa de Bailén 12, en 1953, esa casa que causa la envidia y admiración de cuantos atraviesan el Viaducto por ser observatorio privilegiado de las puestas de sol. Pues bien, Bailén 12 está situada sobre la muralla aledaña a la Puerta de la Vega, perfectamente visible en el Plano de Texeira, y para enterrar sus cimientos, se debieron destruir bastantes metros de muro, que fueron puestos a disposición de cuanto constructor los quisiera, bajo el bonito cartel de: Hay cascotes gratis ¡Santo Cielo, llamar cascote a mi pedernal, al fuego de Madrid! ¡Hacer negocio, y qué negocio, con nuestra historia! ¡Qué escándalo, me he enterado que aquí se juega!, exclama Claude Rains, el policía de Casablanca, después de cobrar en Rick’s su soborno pactado.