jueves, 3 de mayo de 2018

El autor y su Madrid


Este blog quiere ser un testimonio de reconocimiento hacia Madrid. No pretende ser, y desde luego no lo es, un ejercicio de erudición, aunque en el documento se hable de historia, de arquitectura, de urbanismo, de mineralogía, de sociología… pero siempre hago uso de estas nobles disciplinas desde la óptica del simple aficionado.

Cualquier hijo puede reflexionar y rendir homenaje al esfuerzo que realizaron sus padres, no sólo para mantenerle y darle unos estudios o un oficio, sino para educarle sin más preparación que la que da la vida. Para ello, el hijo no necesita graduación alguna en psicología o psiquiatría, le basta con hacer un buen uso del amor filial. De modo similar, yo alego amor filial a mi pueblo para realizar este blog, sin necesitar estar doctorado en ninguna de estas ciencias.

En tan escasa líneas ya he aludido en dos ocasiones a “mi pueblo” y eso está pidiendo una aclaración. Para ello es necesario que me refiera al lugar, pero aún es más preciso que me refiera al tiempo.

Vine a nacer en el año 41 del pasado siglo, lo que dicho así parece una provocación, pero será una expresión absolutamente habitual a medida que pasen muy pocos años y las generaciones más jóvenes vayan llenando los tramos inferiores de la pirámide de edad. Como luego supe, cuando nací, todo el mundo “civilizado” estaba en guerra, menos nosotros que estábamos en lo más profundo de la posguerra.

Pero de eso, me fui enterando con el paso de los años, ya que en aquellos momentos lo que hacía era vivir alegremente mi infancia, en la que sí ocupan algún lugar recuerdos que luego he sabido eran fruto de la posguerra. Por ejemplo, aquellas matronas que en la calle Calatrava pregonaban: “hay barras, vendo barras”, barras que llevaban bajo sus enormes delantales, o aquellos hombres enjutos que en la calle Postas se cruzaban con mi padre y con voz arguardientosa le decían: “piedras para mecheros, piedras, piedras”. Todo era fruto del estraperlo que se apoderó, subrepticiamente, del suministro de lo más necesario. Es cierto que a las nueve de la noche se oía un clarín en la radio y a continuación mi padre reclamaba el silencio para escuchar el Parte, como también es cierto que mensualmente alguien llamaba a la puerta para cobrar un recibo devengado por oír la radio, esa radio que ya nos anticipaba en una canción que: “la televisión, pronto llegará, yo te cantaré y tú me verás”.
Muchas de las vivencias de mi infancia tendrían que ver con la estrechez de la posguerra, pero también otras muchas tendrían que ver con el aún escaso desarrollo tecnológico que se había producido, y que se dispararía con el fin de la guerra grande.

Lo que me sorprendió, años más tarde, con la llegada de la democracia es que entre esas vivencias no estuvieran anidadas ni la represión, ni la frustración que, al parecer, vivió tan intensamente mucha gente de mi generación, y que les ha servido de acicate para su creación artística a cantantes, novelistas o cineastas. Es cierto que mis amigos y yo estábamos siempre huyendo de los chapas, que es como llamábamos a los municipales por el enorme escudo que lucían en el pecho, y que teníamos la guerra declarada con un jardinero de las Vistillas, al que llamábamos Gepeto, aunque no era desde luego un vejete simpático. Pero esto era fruto del hecho social de que los niños sólo tuviéramos obligaciones, y que nuestro único derecho fuera el de jugar, sin gastar dinero y sin molestar a ninguna persona mayor.

Confieso que mi falta de frustraciones me llegó a preocupar, haciendo que me preguntara por la razón de su ausencia. Revisé mi familia, mi barrio, mi colegio, mis amigos…, y no encontré nada. Mi padre no era un paniaguado del Régimen, lo que habría explicado todo; en mi familia había habido soldados en ambos bandos, unos por convicción y otros porque les había tocado, pero no había ni odios ni rencores; en mi barrio convivían hijos de ambos bandos, y como era un barrio sencillo, los del bando vencedor eran también sencillos; por último, mi colegio, que merecería un blog completo, tenía refugiados a un buen número de profesores no bien vistos por el Régimen, de forma tal que ni nos hicieron cantar el Cara al sol, ni nos sometieron a misas y rosarios interminables. Total, que no estaba frustrado y que ello no era por ser insensible o lacayo, sino porque existía otra realidad paralela a la que nos han contado de forma obsesiva.

Bueno, sirvan estas divagaciones para concluir que nací en un Madrid estrecho y con estrechez, con gente que trataba de olvidar todo lo recientemente ocurrido. Nací en un año en el que mi “otro Madrid”, mi Real Madrid, no se comía un rosco, incluso coqueteaba con el descenso.
Sus jugadores pasaban limitaciones alimenticias, mientras que los vecinos del Atleti de Aviación, que habían sido repescados de la segunda división por el Ejército del Aire y se alimentaban de su economato, ganaban los títulos. Si hubiera habido entonces televisión, yo también podría haber dicho aquello de: Papá, ¿por qué somos del Madrí? Y ahora tenemos que aguantar eso de que somos el equipo del Gobierno… ¡diiita sea la...!

Para terminar con la dimensión temporal añadiré, como hacía José Luis Garci en la presentación de ¡Qué grande es el cine!, que en 1941 nacieron Plácido Domingo, Joan Báez, Bob Dylan o Terence Hill; que, por el contrario, murieron Alfonso XIII, Virginia Woolf o James Joyce; que Gary Cooper ganó el Óscar por El Sargento York; y que un periódico costaba 25 céntimos de peseta, es decir, 0.0015 euros.
En cuanto al lugar de mi nacimiento, algo ya ha quedado establecido más arriba, pero por si hubiera alguna duda, y sin ánimo de humillar a nadie, yo nací en Las Vistillas. No en el Sanatorio del Rosario, ni en la Maternidad de O`Donnell, ni en ninguna otra clínica. No, yo nací, simple y llanamente, en la casa de mis padres, en Las Vistillas, como la pinturera modistilla, de la copla que baila el chotis como el que lava, salvando las distancias, por supuesto.

Es claro que en aquel Madrid ya existían Chamberí, el barrio de Salamanca, el Viso, o la Ciudad Lineal, pero todo ello me parecía lejano o muy lejano. Eran tiempos en los que ir a la Casa de Campo era una excursión, en los que ir a la calle de Alfonso XIII o a la Ciudad Jardín era ir al extrarradio o en los que para llegar al Estadio de Chamartín había que bordear algunas huertas, una vez que se dejaba atrás Casa Huete, taberna situada más o menos donde estaba el Windsor, y que pertenecía a uno de los jugadores del Madrid de los años 40.

En ese mi Madrid, en el que la mayoría vivía con una economía ajustada y con escasez de abastecimiento de lo más elemental, como el pan o la electricidad, los límites en los que se movía una familia eran estrechos y su movilidad reducida, de forma que un barrio, y sus alrededores inmediatos, era más que suficiente para desarrollar una vida plenamente llena. El mundo de los niños de barrio era aún más limitado, sobre todo cuando se disponía de un espacio tan amplio y acotado como Las Vistillas y sus cuestas, para jugar.

Al cine, íbamos los jueves, tarde en la que no había colegio, a ver las sesiones dobles que ponían en los cines del barrio, con la correspondiente y ruidosa ingesta de pipas, que unida al infame sonido de la sala, convertía en un milagro enterarse de los diálogos, aunque lo importante era la acción y la llegada del séptimo de caballería para acabar, una y otra vez con los malvados pieles rojas. Mucho menos frecuente era la asistencia a salas de mayor nivel, con sesiones numeradas, en lo que se llamaban “cines de reestreno”, mientras que los de estreno, reducidos entonces casi en exclusiva a la Gran Vía, eran “rara avis” para una familia modesta.

Poco a poco, las limitaciones de las zonas de ocio, del colegio, de la ubicación de la familia, etc., fueron configurando un territorio que se me aparecía como suficiente para desarrollar una vida con todos sus ingredientes básicos. Con la perspectiva actual he venido a identificar que ese territorio viene a coincidir, prácticamente, con el Madrid de la muralla cristiana y sus arrabales.

Con el transcurrir de los años, tras la lectura de los clásicos españoles o no, con la visita a muchas ciudades españolas y a otras cuantas significativas a uno y otro lado del Atlántico, he llegado a la conclusión de que en una comunidad reducida está compendiado todo cuanto en común tienen los seres humanos en lo básico, y todas las diferencias que pueden presentar en lo superficial. Si lo básico es aquello que te permite sentirte ciudadano del mundo en cualquier rincón del planeta, lo superficial es lo que te permite identificarte con un único lugar, al que se termina denominando, mi pueblo.

Por tanto, ese pueblo al que confieso pertenecer y al que rindo homenaje con este blog es el cercado por la muralla cristiana y sus arrabales. No obstante, en un ejercicio de generosidad intelectual, admito la existencia de un Madrid limitado por la cerca de Felipe IV, que viene a coincidir con el magníficamente representado por Pedro Texeira en su Topografía de la Villa de Madrid de 1656.

En una reunión profesional, ante un matrimonio amigo, mantuve mi convencimiento sobre la limitación de Madrid. La esposa, entre asombrada y zumbona preguntó: entonces, nosotros que vivimos en la Plaza de Castilla, ¿no vivimos en Madrid? Yo que sabía que era zaragozana, y por ello sensible a la invasión napoleónica, le hice ver que Napoleón había acampado en Chamartín, y que aun así “no había entrado en Madrid”, renunciando a su entrada triunfal prevista para el 4 de diciembre, día de Santa Bárbara. Se rindió a la evidencia.

Para completar mi identificación con mi Madrid, encontré a mi contraria, con la que ya me he casado dos veces, y espero hacerlo una tercera vez en las bodas de oro, en los arrabales, a un centenar de metros de la Puerta de Moros y otros tantos de la Puerta Cerrada, con lo que el conocido aforismo: ¿Usted de qué pueblo es? Yo, del de mi mujer no ha hecho más que remachar gozosamente el clavo del sentimiento filial.

miércoles, 2 de mayo de 2018

EL LIBRO

En un principio fue el Libro...

Tan bíblico inicio tiene su explicación. A finales del 2008 abordé la autoedición onerosa de una primera versión de La Muralla Reciclada. Se trataba de un "librito" de 165x220 que constaba de 93 páginas.
Edición de 2008

Su acogida entre amigos y familiares fue muy reconfortante pero por diversos motivos no tuvo promoción alguna y, aunque intenté una tímida incorporación al circuito comercial, el reducido número de ejemplares editados coartó desde su inicio una mínima difusión.

Pero el problema surgió cuando la información recogida en el texto empezó a quedarse pequeña por el continuo hallazgo de nuevas aplicaciones del pedernal en los edificios y usos urbanos de Madrid, que me situaron ante el reto de complementar lo escrito y compartir dichos hallazgos. Intenté confeccionar un Apéndice con medios "caseros" (de hecho lo hice, en diciembre de 2012)  pero me dejó muy insatisfecho. 

Estando en ello se me cruzó Mercedes Gómez que me sugirió la apertura de un blog. La hice caso, y le estoy muy agradecido, ya que ello me ha permitido ir ampliando la información e interactuar con quienes tiene la amabilidad de consultarlo y aportar sus propios puntos de vista. Aprecio, y mucho, las capacidades de esta forma de comunicación que nos ha proporcionado la tecnología informática. Abrí el blog en el mismo mes de diciembre de 2012 y, pese a sus evidentes limitaciones temáticas, lleva recibidas a día de hoy  cerca de 26.000 visitas, lo que me parece increíble.
Edición de 2015

Todo está muy bien, pero pertenezco a esas generaciones "preinformáticas" para las que la letra impresa es la portadora de la cultura y la comunicación (de hecho tengo varios buenos amigos que, en eso de la informática, están sin alfabetizar) por lo que en cuanto he encontrado un hueco y he encontrado una editorial  (Visionnet) que me ha proporcionado confianza, me he lanzado a esta nueva aventura, aunque ahora con más y mejores mimbres que hace 7 años.

Pese a ser consciente de que seguiré encontrando nuevos hallazgos y de que deberé matizar muchos de los temas expuestos, he confeccionado una nueva versión de  la muralla, en formato 170x240, que ocupa 175  páginas, lo que significa evidentemente que el contenido se ha incrementado de forma sensible y justifica el subtítulo que he utilizado:  Edición corregida y muy aumentada.

Al haber recurrido a los servicios de Visionnet el Libro va a estar accesible, además de en la Editorial, en los circuitos comerciales habituales, tanto en papel como en bits (eBook) para seguir aprovechando las facilidades de la informática.

Lamento haber "umbraleado" (hablar de mi libro) pero supongo que se entiende.

    http://www.visionnet-libros.com/detalles.asp?id_Productos=14253










martes, 1 de mayo de 2018

ÍNDICE

ÍNDICE


EL AUTOR Y SU MADRID
EL LIBRO

LA MURALLA
Presentación
La muralla de Madrid
La muralla de fuego: El pedernal
Avatares de la muralla: Un poco de historia
Madrid Capital de España
Los restos de la muralla
La reutilización del pedernal
Encuadre cronológico
Encuadre espacial
Madrid y sus otras alternativas
El pedernal: "arquetipo" madrileño
Diálogos de piedra y agua
Tipología del uso del pedernal
Capilla del Obispo
San Pedro el Viejo
San Nicolás
San Ginés
Nuestra Señora del Carmen
Monasterio de las Descalzas Reales
San Jerónimo el Real
Monasterio de la Encarnación
Sede de la UGT (Convento de las Arrecogidas)



OTROS PEDERNALES








lunes, 30 de abril de 2018

Presentación

Con este blog pretendo compartir mi pasión por Madrid, con quienquiera que tenga la amabilidad de leerlo. Afortunadamente han proliferado los blogs dedicados a Madrid por lo que parece conveniente buscar una "especialización" que justifique el lanzamiento de uno nuevo. En este caso, utilizo como excusa la hipótesis de que el pedernal que formaba parte importante de la muralla de Madrid fue reutilizado (reciclado, según la terminología ecológica actual) en la construcción de numerosos edificios de todo tipo, junto al ladrillo cocido y la pizarra, creando el "estilo austria" del viejo Madrid. Este es mi "nicho de mercado".

En las descripciones de los edificios y otros usos he utilizado, junto anécdotas y leyendas más o menos conocidas, vivencias propias, lo que le da un cierto aire personal. Lo hago para reforzar mi idea de que las ciudades están construidas para las personas y no al revés, como parecen defender algunos.

Hago numerosas referencias al Plano de Texeira porque me parece un documento testimonial de gran relevancia de ese Madrid de los Austrias que acogió la mayoría de los edificios que cito.
El autor nació en la Plaza de Gabriel Miró, es decir, en Las Vistillas, por delante de ese hermoso trozo de muralla que en la actualidad es la calle Angosta de los Mancebos

En el blog he utilizado cuatro "etiquetas": I. La muralla; II. Edificios religiosos; III. Palacios y edificos públicos; IV. Otros usos urbanos, que pueden ser consultadas individualmente, si el lector lo prefiere.

Estaré encantado de recibir sugerencias y comentarios, que me comprometo a responder en lo que me sea posible. 

martes, 11 de diciembre de 2012

La muralla de Madrid

Este es un hecho evidente, para todo el que mire y lea, que Madrid tuvo, y en parte tiene, una muralla. Para el que mire, porque a pesar de siglos y siglos de continua destrucción, aún quedan suficientes restos de ella, y para el que lea, porque su existencia está profusamente documentada, aunque las fuentes en origen sean bastante convergentes.

Como decía antes, los estudiosos se pusieron a contar, y andan en discusión sobre si hubo una o dos murallas árabes, y si después existieron dos o tres murallas cristianas. Estos estudiosos no tienen en cuenta que se trata, en cualquier caso, de una construcción urbanística de Madrid, y eso significa, por muy atrás en el tiempo que vayamos, que la muralla siempre estaría y está en obras, y lo mismo que ahora tenemos una M-30, que varía cada mes o cada semana, nuestros antepasados, fuera bajo la dominación árabe o bajo la cristiana, tendrían una muralla “penelopiana”, en continua construcción, destrucción y reconstrucción.
Grabado del Alcázar y la Muralla realizado en 1562 por Anton Van den Wyngaerde, conocido en España como Antonio de las Viñas

Aquí me acojo, porque me gusta y me viene bien, a la versión según la cual, el emir de Córdoba Muhammad I, a finales del siglo IX fundó la ciudad de Mayrit, sobre una colina que venía siendo habitada desde tiempos prehistóricos, y edificó un alcázar que amuralló usando pedernal en su parte inferior y caliza en la superior, y rodeó esta muralla con fosos llenos de agua, aprovechando los numerosos arroyos que había en la zona. A este recinto amurallado se le denominaba Almudayna o Almudena, que significa “ciudadela” en árabe.

A partir de esa primera muralla árabe, Madrid fue construyendo sucesivas murallas cristianas. A los efectos de este blog, poco importa cuál fue el número de murallas que haya tenido Madrid, ya que me voy a referir a una muralla, que tal vez sea mezcla de elementos de varias, y que entiendo viene a coincidir de forma muy aproximada con la que los expertos identifican como la segunda muralla cristiana.
Esa muralla fue construida sobre y a partir de las anteriores entre los siglos XI y XII. Partía del Alcázar y, siguiendo el sentido contrario al de las agujas del reloj, bajaba por la Cuesta de la Vega, cruzaba la calle de Segovia y se metía por entre las calles Angosta de Mancebos y Don Pedro, salía a la plaza de Puerta de Moros, discurría por entre la Cava Baja y la calle del Almendro, para llegar a la plaza de Puerta Cerrada y continuar por el interior de las casas de la calle de Cuchilleros y de la Cava de San Miguel, seguía entre Espejo y Mesón de Paños e Independencia y Escalinata hasta la plaza de Isabel II desde donde enlazaba, de nuevo, con el Alcázar, para cerrar el recinto. Esta zona norte del trazado es la que presenta más dudas, ya que los restos encontrados son más escasos.

Por cierto, que en relación con la Puerta de Moros existe una leyenda truculenta. Al parecer, en una determinada época todas las noches los vecinos escuchaban voces, gritos, alaridos y todo tipo de ruidos fantasmagóricos. La primera explicación que dio el pueblo es que los gritos procedían del alma en pena de un morisco que había fallecido al recibir el bautismo. Los vecinos cristianos colocaron una cruz en la puerta de la casa del morisco para exorcizar su alma, pero la medida no surtió su efecto, y los alaridos nocturnos no cesaron. La cosa se complicó y se aclaró cuando los vecinos pudieron ver, que no era una sino tres las almas en pena de niños que atravesaban las paredes y gritaban el nombre de quien les había quitado la vida, que no era otro que su propio padre, un armenio ¡que se los había comido! El asesino fue azotado hasta morir y los espectros desaparecieron. ¡Toma ya!

Sin miedo a los fantasmas, mi mujer y yo hemos convertido en una costumbre, bien grata por cierto, cubrir un circuito que sigue aproximadamente el recorrido de la muralla, ya sea paseándolo por puro placer e higiene, o para realizar pequeñas compras diarias.

En el espacio delimitado por esta muralla está compendiada la pequeña historia de las primeras versiones de “Madrid”. Desde los asentamientos iniciales en el valle de San Pedro, alrededor de fuentes y corrientes de agua abundantes y de alta calidad, a la primera fortificación árabe del cerro del Alcázar, llevada a cabo por Muhammad I, allá por el 855, al crecimiento de los barrios musulmanes, judíos y cristianos, o al nacimiento de los distintos arrabales extramuros.

Es un espacio en el que estuvieron ubicadas las principales parroquias de aquel Madrid, como las de Santa María, San Salvador, San Nicolás, San Pedro y San Andrés, citadas en orden de antigüedad, más las de San Juan, San Justo, San Miguel de la Sagra, San Miguel de los Octoes y Santiago, cuya antigüedad se desconoce. Al parecer, es posible que Santa María fuera, incluso, anterior a la invasión musulmana.

Históricamente, esta muralla cristiana debió ser la que impidió, en 1114, que Aben Yusuf recuperara Madrid para la causa árabe, pese a tener asediada la ciudad durante un largo periodo, acampado en lo que es ahora el “Campo del Moro”.

Aben Yusuf no pudo entrar, pero los madrileños de entonces entraban y salían por las distintas puertas de las que ha quedado memoria histórica y, a veces, toponímica. Si hubiéramos podido realizar nuestro habitual paseo, allá por el siglo XIII, parece que nos habríamos encontrado con vecinos entrando y saliendo por la Puerta de la Vega, la de Moros, la Cerrada (bueno, por ésta quizás no), la de Guadalajara o la de Valnadú. También estarían ahí, aún en pie y dentro del recinto, el Arco de Santa María, y la Puerta de la Xagra, vestigios de la muralla árabe.

Pero, además de estas puertas, en el paseo habríamos visto decenas y decenas de cubos, así como varias torres de las cuales han llegado hasta nosotros algunos nombres como la Torre Gaona o la Torre Narigües, de discutida localización.
Y claro, podríamos haber aprovechado el paseo para aprovisionarnos de las cosas más necesarias para la casa, ya que las industrias y artesanías se instalaban extramuros, cercanas a las puertas. Ahí están las calles de las platerías, de las hilanderas, de los bordadores, de los cuchilleros, de los tintoreros, de los latoneros, de los coloreros, de los curtidores, de los cabestreros, de los esparteros, de los cedaceros, de los boteros (hoy, de Felipe III) o la plaza de de los herradores. Seguramente la ubicación de tantos y tantos oficios no se corresponde exactamente con los establecimientos del siglo XIII, ya que lo lógico es que evolucionaran y se desplazaran con el paso de los años y de los siglos, pero apostaría a que no estaban muy lejos de las calles actuales.

También, en este hipotético paseo habríamos encontrado, sin duda, un terreno accidentado, con zanjas, con charcos, con cien dificultades para andar... es decir, como ahora, gracias a las interminables y sorprendentes obras con las que nuestros regidores nos mejoran diariamente la ciudad desde la más remota antigüedad.


La muralla de fuego: El pedernal

Junto a la inevitable argamasa y otros materiales, como la caliza o el granito, el elemento básico de la muralla de Madrid era, y es, el pedernal, el sílex.

Según los tratados de mineralogía, el pedernal es una variedad del cuarzo, compuesto por sílice microcristalina con muy pequeñas cantidades de agua y alúmina. Se trata de un material muy compacto, que rompe dando formas albeadas, lo que se conoce como fractura concoidea. Cuando se fractura por dos caras opuestas, se produce una arista que puede ser muy fina y resistente, cualidad que permitió a los hombres primitivos extraer de él lascas que servían para cortar gran cantidad de materiales. Es de color gris amarillento más o menos oscuro, lustroso como la cera y, en grosores pequeños, resulta translúcido. Es sinónimo coloquial de dureza, utilizado en frases hechas como aquella de tener un corazón de pedernal.

Pero aún queda otra característica casi mágica, como pudieron descubrir nuestros remotos antepasados y es que, herido por otros materiales duros produce chispas, lo que le convirtió en una de las opciones más sencillas de obtener el todopoderoso fuego.

Pues bien, la utilización del pedernal en la construcción de la muralla, bien lógica ya que como se ha dicho es un material compacto y muy duro que lo hace idóneo para defenderse de los presuntos invasores, se convirtió desde muy pronto en una seña de identidad de Madrid y, como intenta demostrar este blog, sigue formando parte de la identidad de este Madrid del siglo XXI.
En efecto, según López de Hoyos, existió un emblema de Madrid, anterior a 1200, en el que aparecía un trozo de pedernal medio sumergido en agua, con dos eslabones a los lados que hacían saltar chispas de él.

El emblema se completaba con la siguiente leyenda:

Fui sobre agua edificada,
mis muros de fuego son,
ésta es mi insignia y blasón

La razón de la primera frase de la leyenda requiere pocas explicaciones. Es una mera descripción del conocido hecho de que Madrid se fundara en una zona rica en aguas fluyentes y con abundantes manantiales. Su propio nombre árabe, Mayrit, significa “tierra rica en agua”. Por otra parte, el arroyo que fluía por la calle de Segovia hacia el Manzanares, parece que era llamado Matrice, que vuelve a confundirse con el nombre de Madrid. Total que lo del agua resulta evidente que es una de las causas de la fundación del asentamiento, por lo que su aparición en los primeros emblemas es obvia.

La segunda frase de la leyenda nos remite directamente al pedernal de la muralla, que debía ser el orgullo de los primeros madrileños, tanto árabes como cristianos, ya que puesta a prueba en distintos asedios resistió y los mantuvo a salvo. La justificación de los “muros de fuego” tiene dos versiones: la primera, más romántica, podría significar que la muralla de pedernal, al ser iluminada por el sol de poniente, desprendería destellos de color rojizo. Los que disfrutamos a diario de los atardeceres madrileños desde Las Vistillas, el Viaducto o los Jardines de Sabatini, entendemos muy bien esta versión, y nos imaginamos la visión desde el campo del Moro de una “muralla ardiente”, herida por los últimos rayos de sol (ver la entrada de El Alcázar y su Torre Dorada)

Sin embargo, es de temer que la segunda versión sea más acertada, ya que se refiere a la guerra, y ésta está más en la cabeza de los hombres que las visiones bucólicas. La cuestión sería que, al recibir flechazos y lanzadas, el pedernal de la muralla devolvería chispas para asombro de los asaltantes y orgullo de los madrileños, que convirtieron sus muros de fuego, junto al agua primigenia origen de toda vida y civilización, en parte de su lema.

Por cierto, ¿cómo no se le habrá ocurrido a nadie uno de esos cartelitos horteras para los coches, que diga algo así como?: Madrid, la ciudad de agua y fuego. Seguramente porque quienes crean tales engendros desconocen nuestra historia.
Es, precisamente, ese pedernal el que sirve de excusa e hilo conductor en este blog, ya que según la hipótesis que mantengo, mientras estuvo incorporado a la muralla sirvió para proporcionarle un gran valor defensivo y, al parecer, para dar color a la ciudad y, cuando la muralla se fue derruyendo, se recicló, al utilizarlo en la construcción de todo tipo de edificios.

Madrid Capital de España

Se hace necesario ahora viajar al siglo XVI, a un hecho crucial para el devenir de Madrid y, en lo que aquí nos ocupa, para el devenir de su muralla, cual es la instalación definitiva de la Corte en la Villa de Madrid y su consiguiente conversión en la capital de España y, en aquella época, de las Españas. La afirmación anterior, por obvia que parezca, y lo es a rabiar, no deja de merecer alguna reflexión.

El segundo Felipe, bisnieto de los Reyes Católicos, tenía prácticamente afincada la corte en Toledo, aunque él venía mostrando una cierta preferencia por residir en Madrid como sus antepasados trastámaras. Parece que el Rey Prudente, tan escribidor él, no dejó ninguna pista de por qué consideró adecuado, en 1561, hacer de Madrid la capital de sus extensos reinos, de por qué la prefirió a Toledo, Valladolid o, incluso Lisboa, en el momento en que pudo serlo, teniendo al otro lado del charco tan amplios territorios que gobernar. Ni siquiera parece que dejara nada escrito sobre el propio traslado. Lo hizo, y basta.
A los efectos que aquí nos interesan, la capitalidad supone una explosión demográfica y urbanística que se tradujo en una rápida expansión de la ciudad. Baste decir que, si en 1546 los vecinos de Madrid eran unos 5.000, en sólo 25 años la cantidad se elevó a más de 25.000. Para darles acogida, ya que entonces no podían construirse torres de 50 plantas, hubo que rebasar los límites de la muralla en todas las direcciones, salvo hacia el oeste, ya que los desniveles del Campo del Moro y las Vistillas, suponían una solución de continuidad para los constructores. Además, el Alcázar seguía exigiendo cierto respeto y control.

La muralla, como se ha dicho, fue desapareciendo paulatinamente ya fuera por destrucción o por ocultación, pero su recinto interior quedó, en cierta medida “congelado”, con una sustitución de casas in situ, pero sin grandes transformaciones drásticas del trazado urbano, de forma tal que la estructura básica del plano de Texeira es perfectamente reconocible hoy, tal como hemos podido comprobar con algunos ejemplos.

Aquí se puede hacer un sencillo ejercicio de historia-ficción: imaginar qué habría sido de Madrid sin la decisión, ni explicada, ni explicitada de Felipe II. Pues seguramente habría seguido una evolución demográfica y urbanística lenta, que le habría permitido mantener mejor la muralla, que sería ahora un gran atractivo turístico como pasa con tantas otras ciudades amuralladas. Por el contrario, Toledo no tendría hoy muralla, y tal vez el Tajo habría sido desviado, o circundaría la ciudad bajo la To-30, que ahora estaría tratando de soterrar o de duplicar el alcalde toledano.

Esta acertada recreación de P.Schild podría haber sido la imagen de Madrid hasta el siglo XVIII o XIX, sin la capitalidad  
Pero lo cierto es que la elegida fue Madrid, y que fue Madrid la que sufrió en sus pétreas carnes una profunda crisis de crecimiento, crisis que por cierto no parece tener fin. Y fue durante su adolescencia, que trascurrió entre los siglos XV y XVI, cuando experimentó el cambio objeto de este documento, puesto que fue en estos siglos en los que coincidieron los dos hechos trascendentes a efectos de mi trabajo: la destrucción de la muralla y la construcción de las iglesias, conventos, palacios, edificios públicos y viviendas que exigía la nueva capitalidad.

No obstante, el traslado de la Corte a Madrid no parece que conmoviera inicialmente a la nobleza, fuertemente afincada en sus feudos de Toledo, Burgos, Valladolid u otras ciudades, o al menos no la conmovió tanto como para ponerse a construir palacios y residencias de cierta importancia. Tal vez no tenían entonces muy claro lo que era, o iba a ser, la Corte, o tal vez no se tomaron muy en serio la designación de Madrid, ya que la competencia de Valladolid y otras ciudades les parecería difícilmente superable. A lo que parece, el impulso constructor se restringió a pocos casos, en general, en la periferia del centro urbano, como son los casos de la Casa de las Siete Chimeneas o la Casa de Campo de Antonio Pérez en el camino de Atocha.

Al contrario que la nobleza, las órdenes religiosas sí que apreciaron una oportunidad en la nueva capital y se lanzaron desde el principio a fundar conventos y monasterios, hasta el punto que hubo que refrenar, por ley, sus afanes fundacionales, limitando el número de órdenes que podían instalarse.

Tras el impulso inicial de Felipe II, fueron su hijo Felipe III y sobre todo su nieto, Felipe IV, los artífices de la primera gran transformación de Madrid, casi definitiva en lo que al Madrid de los Austrias se refiere, embelleciéndola de la mano de arquitectos como Antonio Sillero, Juan Ruiz, Francisco de Mora y, sobre todo, de su sobrino Juan Gómez de Mora (1586-1648), arquitecto del barroco castellano, heredero de los postulados de Herrera, y creador o consolidador del “estilo Austria”, sencillo y austero, en cuya ornamentación juega un papel primordial el pedernal reciclado.

Don Eugenio D’Ors describe el estilo Austria como el compuesto por:“el popular ladrillo y el señorial granito de la sillería, ambos coronados por la majestad real de la pizarra”. La descripción es hermosa, aunque resulta evidente que don Eugenio, confunde o simplifica el componente de la sillería, entre los que desde luego está el granito, pero también y de forma muy destacada, el pedernal.

Es, además, con esta dinastía con la que Madrid vive su gran crecimiento económico y el gran desarrollo cultural del Siglo de Oro español, con monstruos literarios como Cervantes, Lope, Quevedo, Góngora o Calderón y con pintores como Velázquez.