miércoles, 12 de marzo de 2014

Diálogos de piedra y agua

Para practicar uno de mis deportes favoritos, el ojeo de libros, entré un día del verano pasado en la librería de Hoyo de Manzanares. Durante la revisión de estantes y mesas, un libro llamó mi atención; su rápido hojeo (maravilloso idioma el nuestro, que con solo introducir una consonante que ni suena, se obtiene un nuevo y útil verso) me permitió comprobar que su autor, Ricardo Martín García, había conseguido uno de esos ejemplos  de descripción inteligente apoyada en magníficas fotografías de dos ciudades tan particulares y únicas como Venecia y Toledo, demostrando que en lo morfológico son, en buena medida, el resultado del abrazo de lo más duro, la piedra, y lo más liviano, el agua, y de ahí sacó el autor el título: Diálogos de piedra y agua.  

¿Y por qué llamó mi atención ese título?, pues porque lo conecté en mi cabeza con el primitivo lema de los orígenes de Madrid: Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son..., y desde entonces he estado dándole vueltas a la idea de compartir algunas reflexiones al respecto. Aquí están.

Piedra y agua: Si el agua es equivalente de vida, la piedra viene siendo una compañera fiel del hombre desde los albores de la humanidad, al que ha prestado su fuerza y dureza, para construir sus herramientas y facilitar su existencia.

La geología nos brinda numerosos ejemplos del resultado del abrazo de ambos, unas veces de carácter primordialmente físico y mecánico, y otras en las que la química es predominante, y sin salir de nuestro país encontramos un buen número de ellos, ante los podemos quedarnos boquiabiertos.
Tajo de Ronda,
con su Puente nuevo

Ronda (lugar de nacimiento de mi padre, a quien gustaba recordarnos que nosotros éramos oriundos de ella) y Cuenca son ciudades a las que el diálogo entre piedra y agua ha hermanado. En el primer caso, el Guadalevín y en el segundo, el Júcar y el Huécar, han ido excavando con paciencia las calizas, abriendo profundos abismos, en los que los habitantes de una y otra se vieron obligados a colgar sus casas, despreciando la ley de la gravedad, lo que ahora es celebrado por visitantes de todo el mundo con sus cámaras y demás artilugios multimedia.

Cuenca, con sus Casas colgadas
Es claro que la piedra es la que sale perdiendo en este diálogo porque al no poder moverse tiene que ver, estoicamente, cómo el agua la erosiona, ataca a sus componentes debilitándola, la disuelve parcialmente, la penetra, se hiela, se expande y la rompe, y así siglo tras siglo, milenio tras milenio, periodo tras periodo, aprovechando que la piedra permanece y que el agua se releva de continuo. Parafraseando a Heráclito, se puede decir que una piedra nunca será erosionada dos veces por la misma agua.

Al agua no se le pone nada por medio;  le da lo mismo las calizas y areniscas de las Hoces del Duratón, que los granitos de los Arribes del Duero o las lanchas de la Boca del Asno.
Hoces del Duratón
Arribes del Duero
Boca del Asno













Por cierto, que cada vez que tengo ocasión de asomarme a este rincón del Eresma, para mi tan madrileño como segoviano, me uno de corazón a aquel verso de la guantanemera en el que José Martí proclama que el arroyo de la sierra le complace más que el mar.

Cueva de El Soplao, Cantabria
Geoda de yeso
No es lugar para extenderse en los miles y miles de hermosos ejemplos de los de la erosión del agua, tanto en dentro como fuera de España, en forma de cataratas, cañones, acantilados, desiertos, etc., pero sí lo es para recordar que existen otros llamativos resultados del diálogo entre piedra y agua, cuando la acción predominante es de tipo químico. La disolución de determinados elementos y su posterior deposición da lugar, por ejemplo, a las maravillosas oquedades cubiertas de de estalactitas y estalagmitas, de las que en España tenemos tantos y maravillosas muestras, como la de la Cueva del Soplao, en Cantabria, u otros sorprendentes resultados de la deposición química, como es el caso de la geoda gigante de Pulpi, en Almería, que junto a la andina de Naica, nos dicen de dónde sacaron los creadores de Superman la idea de su coqueto refugio polar.

El Diálogo madrileño
Por apasionantes que sean los ejemplos anteriores, que lo son, nada tiene que ver con la expresión que Madrid ha dado desde sus inicios al diálogo entre el agua y la piedra, personalizada en este caso por el pedernal. Madrid no es testigo de la interacción telúrica del agua sobre el pedernal, que por otra parte sin llegar a ser inmune a tales ataques, resulta altamente resistente a ellos por su homogeneidad física y química, Madrid ha asistido a la connivencia del agua y del pedernal, a su unión libre y mutuamente consentida, para forjar la naturaleza y el carácter de la ciudad y sus habitantes, tal como se recogió con acierto en ese primer lema de su escudo primigenio.

Decir Madrid es decir agua. Sea cual sea la hipótesis sobre el origen de su nombre que salga victoriosa del debate entre los eruditos, es decir, ya sea el mayrit o el magrit árabes, que parecen provenir de magra: cauce de río, como si procede del hispano-visigótico: matrice, que significa matriz o fuente, nos encontramos que el nombre está ligado a las aguas que circulaban por lo que luego se llamó el Arroyo de San Pedro y hoy es la calle de Segovia, y permitieron y aconsejaron el asentamiento de los primeros pobladores en sus laderas, junto a unas fértiles vegas y una caza accesible.

Y del pedernal ¿qué decir de nuevo en este blog, cuando ya he propugnado la idea de que sea un arquetipo surgido del inconsciente colectivo del pueblo madrileño? Desde sus más recónditos pliegues de su historia, el madrileño (ya fuera un carpetano más, un hispano romano, un visigodo, un árabe o un cristiano) ha confiado su seguridad pasiva al pedernal.

Pero además, ambos elementos han ido extendiendo sus redes y relaciones con la historia y la idiosincrasia madrileña a lo largo de la historia. Sin ir más lejos, nuestro Santo patrón, San Isidro, respira agua por los cuatro costados, y no me refiero al sudor, ya que todos sabemos que el trabajo se lo hacían los ángeles. Él, que ha pasado a los altares como Isidro el Labrador, en sus orígenes lo que fue es un pocero, al parecer muy bueno y gracias a ello ganó fama, confianza y posición con los Vargas. Pero además buena parte de sus milagros están ligados al agua: el paseo acuático de su pura y honesta esposa, María, sobre las aguas del Jarama, a pie enjuto y, sobre todo, el milagroso rescate de Illán caído dentro del pozo, son buena y suficiente muestra de la interacción del agua y nuestro Santo.

Viaje de Amaniel
También son importantes algunas interacciones directas entre el agua y el pedernal, como es el caso de las conducciones de agua, inicialmente, los qanats árabes y posteriormente los viajes como el del Amaniel o del Palacio, que traían las aguas finas y gordas a la población. En estas traídas, suele aparecer el pedernal en sus muros y bóvedas, garantizando la estabilidad y la falta de contaminación de las aguas. Otras muchas de esas conducciones minan el subsuelo madrileño, tal como nos muestra en diversas entradas Mercedes Gómez, en su inigualable blog, Arte en Madrid.

Queda establecido, pues, que en mi opinión el diálogo entre piedra y agua en Madrid, no tomó forma de dominación forzosa del agua erosionando la piedra, ni tampoco de fértil disolución y deposición de nuevas sustancias, sino de matrimonio bien avenido, en el que uno y otra aportaron sus características propias para llegar a una coyunda perfecta, que ha conformado el alma y el sentir de una ciudad. Es una unión que recuerda el tanto monta de Isabel y Fernando, raíz de lo que era, al menos hasta hace unos años, la nación española.