sábado, 22 de diciembre de 2012

El autor y su Madrid


Este blog quiere ser un testimonio de reconocimiento hacia Madrid. No pretende ser, y desde luego no lo es, un ejercicio de erudición, aunque en el documento se hable de historia, de arquitectura, de urbanismo, de mineralogía, de sociología… pero siempre hago uso de estas nobles disciplinas desde la óptica del simple aficionado.

Cualquier hijo puede reflexionar y rendir homenaje al esfuerzo que realizaron sus padres, no sólo para mantenerle y darle unos estudios o un oficio, sino para educarle sin más preparación que la que da la vida. Para ello, el hijo no necesita graduación alguna en psicología o psiquiatría, le basta con hacer un buen uso del amor filial. De modo similar, yo alego amor filial a mi pueblo para realizar este blog, sin necesitar estar doctorado en ninguna de estas ciencias.

En tan escasa líneas ya he aludido en dos ocasiones a “mi pueblo” y eso está pidiendo una aclaración. Para ello es necesario que me refiera al lugar, pero aún es más preciso que me refiera al tiempo.

Vine a nacer en el año 41 del pasado siglo, lo que dicho así parece una provocación, pero será una expresión absolutamente habitual a medida que pasen muy pocos años y las generaciones más jóvenes vayan llenando los tramos inferiores de la pirámide de edad. Como luego supe, cuando nací, todo el mundo “civilizado” estaba en guerra, menos nosotros que estábamos en lo más profundo de la posguerra.

Pero de eso, me fui enterando con el paso de los años, ya que en aquellos momentos lo que hacía era vivir alegremente mi infancia, en la que sí ocupan algún lugar recuerdos que luego he sabido eran fruto de la posguerra. Por ejemplo, aquellas matronas que en la calle Calatrava pregonaban: “hay barras, vendo barras”, barras que llevaban bajo sus enormes delantales, o aquellos hombres enjutos que en la calle Postas se cruzaban con mi padre y con voz arguardientosa le decían: “piedras para mecheros, piedras, piedras”. Todo era fruto del estraperlo que se apoderó, subrepticiamente, del suministro de lo más necesario. Es cierto que a las nueve de la noche se oía un clarín en la radio y a continuación mi padre reclamaba el silencio para escuchar el Parte, como también es cierto que mensualmente alguien llamaba a la puerta para cobrar un recibo devengado por oír la radio, esa radio que ya nos anticipaba en una canción que: “la televisión, pronto llegará, yo te cantaré y tú me verás”.
Muchas de las vivencias de mi infancia tendrían que ver con la estrechez de la posguerra, pero también otras muchas tendrían que ver con el aún escaso desarrollo tecnológico que se había producido, y que se dispararía con el fin de la guerra grande.

Lo que me sorprendió, años más tarde, con la llegada de la democracia es que entre esas vivencias no estuvieran anidadas ni la represión, ni la frustración que, al parecer, vivió tan intensamente mucha gente de mi generación, y que les ha servido de acicate para su creación artística a cantantes, novelistas o cineastas. Es cierto que mis amigos y yo estábamos siempre huyendo de los chapas, que es como llamábamos a los municipales por el enorme escudo que lucían en el pecho, y que teníamos la guerra declarada con un jardinero de las Vistillas, al que llamábamos Gepeto, aunque no era desde luego un vejete simpático. Pero esto era fruto del hecho social de que los niños sólo tuviéramos obligaciones, y que nuestro único derecho fuera el de jugar, sin gastar dinero y sin molestar a ninguna persona mayor.

Confieso que mi falta de frustraciones me llegó a preocupar, haciendo que me preguntara por la razón de su ausencia. Revisé mi familia, mi barrio, mi colegio, mis amigos…, y no encontré nada. Mi padre no era un paniaguado del Régimen, lo que habría explicado todo; en mi familia había habido soldados en ambos bandos, unos por convicción y otros porque les había tocado, pero no había ni odios ni rencores; en mi barrio convivían hijos de ambos bandos, y como era un barrio sencillo, los del bando vencedor eran también sencillos; por último, mi colegio, que merecería un blog completo, tenía refugiados a un buen número de profesores no bien vistos por el Régimen, de forma tal que ni nos hicieron cantar el Cara al sol, ni nos sometieron a misas y rosarios interminables. Total, que no estaba frustrado y que ello no era por ser insensible o lacayo, sino porque existía otra realidad paralela a la que nos han contado de forma obsesiva.

Bueno, sirvan estas divagaciones para concluir que nací en un Madrid estrecho y con estrechez, con gente que trataba de olvidar todo lo recientemente ocurrido. Nací en un año en el que mi “otro Madrid”, mi Real Madrid, no se comía un rosco, incluso coqueteaba con el descenso.
Sus jugadores pasaban limitaciones alimenticias, mientras que los vecinos del Atleti de Aviación, que habían sido repescados de la segunda división por el Ejército del Aire y se alimentaban de su economato, ganaban los títulos. Si hubiera habido entonces televisión, yo también podría haber dicho aquello de: Papá, ¿por qué somos del Madrí? Y ahora tenemos que aguantar eso de que somos el equipo del Gobierno… ¡diiita sea la...!

Para terminar con la dimensión temporal añadiré, como hacía José Luis Garci en la presentación de ¡Qué grande es el cine!, que en 1941 nacieron Plácido Domingo, Joan Báez, Bob Dylan o Terence Hill; que, por el contrario, murieron Alfonso XIII, Virginia Woolf o James Joyce; que Gary Cooper ganó el Óscar por El Sargento York; y que un periódico costaba 25 céntimos de peseta, es decir, 0.0015 euros.
En cuanto al lugar de mi nacimiento, algo ya ha quedado establecido más arriba, pero por si hubiera alguna duda, y sin ánimo de humillar a nadie, yo nací en Las Vistillas. No en el Sanatorio del Rosario, ni en la Maternidad de O`Donnell, ni en ninguna otra clínica. No, yo nací, simple y llanamente, en la casa de mis padres, en Las Vistillas, como la pinturera modistilla, de la copla que baila el chotis como el que lava, salvando las distancias, por supuesto.

Es claro que en aquel Madrid ya existían Chamberí, el barrio de Salamanca, el Viso, o la Ciudad Lineal, pero todo ello me parecía lejano o muy lejano. Eran tiempos en los que ir a la Casa de Campo era una excursión, en los que ir a la calle de Alfonso XIII o a la Ciudad Jardín era ir al extrarradio o en los que para llegar al Estadio de Chamartín había que bordear algunas huertas, una vez que se dejaba atrás Casa Huete, taberna situada más o menos donde estaba el Windsor, y que pertenecía a uno de los jugadores del Madrid de los años 40.

En ese mi Madrid, en el que la mayoría vivía con una economía ajustada y con escasez de abastecimiento de lo más elemental, como el pan o la electricidad, los límites en los que se movía una familia eran estrechos y su movilidad reducida, de forma que un barrio, y sus alrededores inmediatos, era más que suficiente para desarrollar una vida plenamente llena. El mundo de los niños de barrio era aún más limitado, sobre todo cuando se disponía de un espacio tan amplio y acotado como Las Vistillas y sus cuestas, para jugar.

Al cine, íbamos los jueves, tarde en la que no había colegio, a ver las sesiones dobles que ponían en los cines del barrio, con la correspondiente y ruidosa ingesta de pipas, que unida al infame sonido de la sala, convertía en un milagro enterarse de los diálogos, aunque lo importante era la acción y la llegada del séptimo de caballería para acabar, una y otra vez con los malvados pieles rojas. Mucho menos frecuente era la asistencia a salas de mayor nivel, con sesiones numeradas, en lo que se llamaban “cines de reestreno”, mientras que los de estreno, reducidos entonces casi en exclusiva a la Gran Vía, eran “rara avis” para una familia modesta.

Poco a poco, las limitaciones de las zonas de ocio, del colegio, de la ubicación de la familia, etc., fueron configurando un territorio que se me aparecía como suficiente para desarrollar una vida con todos sus ingredientes básicos. Con la perspectiva actual he venido a identificar que ese territorio viene a coincidir, prácticamente, con el Madrid de la muralla cristiana y sus arrabales.

Con el transcurrir de los años, tras la lectura de los clásicos españoles o no, con la visita a muchas ciudades españolas y a otras cuantas significativas a uno y otro lado del Atlántico, he llegado a la conclusión de que en una comunidad reducida está compendiado todo cuanto en común tienen los seres humanos en lo básico, y todas las diferencias que pueden presentar en lo superficial. Si lo básico es aquello que te permite sentirte ciudadano del mundo en cualquier rincón del planeta, lo superficial es lo que te permite identificarte con un único lugar, al que se termina denominando, mi pueblo.

Por tanto, ese pueblo al que confieso pertenecer y al que rindo homenaje con este blog es el cercado por la muralla cristiana y sus arrabales. No obstante, en un ejercicio de generosidad intelectual, admito la existencia de un Madrid limitado por la cerca de Felipe IV, que viene a coincidir con el magníficamente representado por Pedro Texeira en su Topografía de la Villa de Madrid de 1656.

En una reunión profesional, ante un matrimonio amigo, mantuve mi convencimiento sobre la limitación de Madrid. La esposa, entre asombrada y zumbona preguntó: entonces, nosotros que vivimos en la Plaza de Castilla, ¿no vivimos en Madrid? Yo que sabía que era zaragozana, y por ello sensible a la invasión napoleónica, le hice ver que Napoleón había acampado en Chamartín, y que aun así “no había entrado en Madrid”, renunciando a su entrada triunfal prevista para el 4 de diciembre, día de Santa Bárbara. Se rindió a la evidencia.

Para completar mi identificación con mi Madrid, encontré a mi contraria, con la que ya me he casado dos veces, y espero hacerlo una tercera vez en las bodas de oro, en los arrabales, a un centenar de metros de la Puerta de Moros y otros tantos de la Puerta Cerrada, con lo que el conocido aforismo: ¿Usted de qué pueblo es? Yo, del de mi mujer no ha hecho más que remachar gozosamente el clavo del sentimiento filial.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Presentación

Con este blog pretendo compartir mi pasión por Madrid, con quienquiera que tenga la amabilidad de leerlo. Afortunadamente han proliferado los blogs dedicados a Madrid por lo que parece conveniente buscar una "especialización" que justifique el lanzamiento de uno nuevo. En este caso, utilizo como excusa la hipótesis de que el pedernal que formaba parte importante de la muralla de Madrid fue reutilizado (reciclado, según la terminología ecológica actual) en la construcción de numerosos edificios de todo tipo, junto al ladrillo cocido y la pizarra, creando el "estilo austria" del viejo Madrid. Este es mi "nicho de mercado".

En las descripciones de los edificios y otros usos he utilizado, junto anécdotas y leyendas más o menos conocidas, vivencias propias, lo que le da un cierto aire personal. Lo hago para reforzar mi idea de que las ciudades están construidas para las personas y no al revés, como parecen defender algunos.

Hago numerosas referencias al Plano de Texeira porque me parece un documento testimonial de gran relevancia de ese Madrid de los Austrias que acogió la mayoría de los edificios que cito.
El autor nació en la Plaza de Gabriel Miró, es decir, en Las Vistillas, por delante de ese hermoso trozo de muralla que en la actualidad es la calle Angosta de los Mancebos

En el blog he utilizado cuatro "etiquetas": I. La muralla; II. Edificios religiosos; III. Palacios y edificos públicos; IV. Otros usos urbanos, que pueden ser consultadas individualmente, si el lector lo prefiere.

Estaré encantado de recibir sugerencias y comentarios, que me comprometo a responder en lo que me sea posible. 

La muralla de Madrid

Este es un hecho evidente, para todo el que mire y lea, que Madrid tuvo, y en parte tiene, una muralla. Para el que mire, porque a pesar de siglos y siglos de continua destrucción, aún quedan suficientes restos de ella, y para el que lea, porque su existencia está profusamente documentada, aunque las fuentes en origen sean bastante convergentes.

Como decía antes, los estudiosos se pusieron a contar, y andan en discusión sobre si hubo una o dos murallas árabes, y si después existieron dos o tres murallas cristianas. Estos estudiosos no tienen en cuenta que se trata, en cualquier caso, de una construcción urbanística de Madrid, y eso significa, por muy atrás en el tiempo que vayamos, que la muralla siempre estaría y está en obras, y lo mismo que ahora tenemos una M-30, que varía cada mes o cada semana, nuestros antepasados, fuera bajo la dominación árabe o bajo la cristiana, tendrían una muralla “penelopiana”, en continua construcción, destrucción y reconstrucción.
Grabado del Alcázar y la Muralla realizado en 1562 por Anton Van den Wyngaerde, conocido en España como Antonio de las Viñas

Aquí me acojo, porque me gusta y me viene bien, a la versión según la cual, el emir de Córdoba Muhammad I, a finales del siglo IX fundó la ciudad de Mayrit, sobre una colina que venía siendo habitada desde tiempos prehistóricos, y edificó un alcázar que amuralló usando pedernal en su parte inferior y caliza en la superior, y rodeó esta muralla con fosos llenos de agua, aprovechando los numerosos arroyos que había en la zona. A este recinto amurallado se le denominaba Almudayna o Almudena, que significa “ciudadela” en árabe.

A partir de esa primera muralla árabe, Madrid fue construyendo sucesivas murallas cristianas. A los efectos de este blog, poco importa cuál fue el número de murallas que haya tenido Madrid, ya que me voy a referir a una muralla, que tal vez sea mezcla de elementos de varias, y que entiendo viene a coincidir de forma muy aproximada con la que los expertos identifican como la segunda muralla cristiana.
Esa muralla fue construida sobre y a partir de las anteriores entre los siglos XI y XII. Partía del Alcázar y, siguiendo el sentido contrario al de las agujas del reloj, bajaba por la Cuesta de la Vega, cruzaba la calle de Segovia y se metía por entre las calles Angosta de Mancebos y Don Pedro, salía a la plaza de Puerta de Moros, discurría por entre la Cava Baja y la calle del Almendro, para llegar a la plaza de Puerta Cerrada y continuar por el interior de las casas de la calle de Cuchilleros y de la Cava de San Miguel, seguía entre Espejo y Mesón de Paños e Independencia y Escalinata hasta la plaza de Isabel II desde donde enlazaba, de nuevo, con el Alcázar, para cerrar el recinto. Esta zona norte del trazado es la que presenta más dudas, ya que los restos encontrados son más escasos.

Por cierto, que en relación con la Puerta de Moros existe una leyenda truculenta. Al parecer, en una determinada época todas las noches los vecinos escuchaban voces, gritos, alaridos y todo tipo de ruidos fantasmagóricos. La primera explicación que dio el pueblo es que los gritos procedían del alma en pena de un morisco que había fallecido al recibir el bautismo. Los vecinos cristianos colocaron una cruz en la puerta de la casa del morisco para exorcizar su alma, pero la medida no surtió su efecto, y los alaridos nocturnos no cesaron. La cosa se complicó y se aclaró cuando los vecinos pudieron ver, que no era una sino tres las almas en pena de niños que atravesaban las paredes y gritaban el nombre de quien les había quitado la vida, que no era otro que su propio padre, un armenio ¡que se los había comido! El asesino fue azotado hasta morir y los espectros desaparecieron. ¡Toma ya!

Sin miedo a los fantasmas, mi mujer y yo hemos convertido en una costumbre, bien grata por cierto, cubrir un circuito que sigue aproximadamente el recorrido de la muralla, ya sea paseándolo por puro placer e higiene, o para realizar pequeñas compras diarias.

En el espacio delimitado por esta muralla está compendiada la pequeña historia de las primeras versiones de “Madrid”. Desde los asentamientos iniciales en el valle de San Pedro, alrededor de fuentes y corrientes de agua abundantes y de alta calidad, a la primera fortificación árabe del cerro del Alcázar, llevada a cabo por Muhammad I, allá por el 855, al crecimiento de los barrios musulmanes, judíos y cristianos, o al nacimiento de los distintos arrabales extramuros.

Es un espacio en el que estuvieron ubicadas las principales parroquias de aquel Madrid, como las de Santa María, San Salvador, San Nicolás, San Pedro y San Andrés, citadas en orden de antigüedad, más las de San Juan, San Justo, San Miguel de la Sagra, San Miguel de los Octoes y Santiago, cuya antigüedad se desconoce. Al parecer, es posible que Santa María fuera, incluso, anterior a la invasión musulmana.

Históricamente, esta muralla cristiana debió ser la que impidió, en 1114, que Aben Yusuf recuperara Madrid para la causa árabe, pese a tener asediada la ciudad durante un largo periodo, acampado en lo que es ahora el “Campo del Moro”.

Aben Yusuf no pudo entrar, pero los madrileños de entonces entraban y salían por las distintas puertas de las que ha quedado memoria histórica y, a veces, toponímica. Si hubiéramos podido realizar nuestro habitual paseo, allá por el siglo XIII, parece que nos habríamos encontrado con vecinos entrando y saliendo por la Puerta de la Vega, la de Moros, la Cerrada (bueno, por ésta quizás no), la de Guadalajara o la de Valnadú. También estarían ahí, aún en pie y dentro del recinto, el Arco de Santa María, y la Puerta de la Xagra, vestigios de la muralla árabe.

Pero, además de estas puertas, en el paseo habríamos visto decenas y decenas de cubos, así como varias torres de las cuales han llegado hasta nosotros algunos nombres como la Torre Gaona o la Torre Narigües, de discutida localización.
Y claro, podríamos haber aprovechado el paseo para aprovisionarnos de las cosas más necesarias para la casa, ya que las industrias y artesanías se instalaban extramuros, cercanas a las puertas. Ahí están las calles de las platerías, de las hilanderas, de los bordadores, de los cuchilleros, de los tintoreros, de los latoneros, de los coloreros, de los curtidores, de los cabestreros, de los esparteros, de los cedaceros, de los boteros (hoy, de Felipe III) o la plaza de de los herradores. Seguramente la ubicación de tantos y tantos oficios no se corresponde exactamente con los establecimientos del siglo XIII, ya que lo lógico es que evolucionaran y se desplazaran con el paso de los años y de los siglos, pero apostaría a que no estaban muy lejos de las calles actuales.

También, en este hipotético paseo habríamos encontrado, sin duda, un terreno accidentado, con zanjas, con charcos, con cien dificultades para andar... es decir, como ahora, gracias a las interminables y sorprendentes obras con las que nuestros regidores nos mejoran diariamente la ciudad desde la más remota antigüedad.


La muralla de fuego: El pedernal

Junto a la inevitable argamasa y otros materiales, como la caliza o el granito, el elemento básico de la muralla de Madrid era, y es, el pedernal, el sílex.

Según los tratados de mineralogía, el pedernal es una variedad del cuarzo, compuesto por sílice microcristalina con muy pequeñas cantidades de agua y alúmina. Se trata de un material muy compacto, que rompe dando formas albeadas, lo que se conoce como fractura concoidea. Cuando se fractura por dos caras opuestas, se produce una arista que puede ser muy fina y resistente, cualidad que permitió a los hombres primitivos extraer de él lascas que servían para cortar gran cantidad de materiales. Es de color gris amarillento más o menos oscuro, lustroso como la cera y, en grosores pequeños, resulta translúcido. Es sinónimo coloquial de dureza, utilizado en frases hechas como aquella de tener un corazón de pedernal.

Pero aún queda otra característica casi mágica, como pudieron descubrir nuestros remotos antepasados y es que, herido por otros materiales duros produce chispas, lo que le convirtió en una de las opciones más sencillas de obtener el todopoderoso fuego.

Pues bien, la utilización del pedernal en la construcción de la muralla, bien lógica ya que como se ha dicho es un material compacto y muy duro que lo hace idóneo para defenderse de los presuntos invasores, se convirtió desde muy pronto en una seña de identidad de Madrid y, como intenta demostrar este blog, sigue formando parte de la identidad de este Madrid del siglo XXI.
En efecto, según López de Hoyos, existió un emblema de Madrid, anterior a 1200, en el que aparecía un trozo de pedernal medio sumergido en agua, con dos eslabones a los lados que hacían saltar chispas de él.

El emblema se completaba con la siguiente leyenda:

Fui sobre agua edificada,
mis muros de fuego son,
ésta es mi insignia y blasón

La razón de la primera frase de la leyenda requiere pocas explicaciones. Es una mera descripción del conocido hecho de que Madrid se fundara en una zona rica en aguas fluyentes y con abundantes manantiales. Su propio nombre árabe, Mayrit, significa “tierra rica en agua”. Por otra parte, el arroyo que fluía por la calle de Segovia hacia el Manzanares, parece que era llamado Matrice, que vuelve a confundirse con el nombre de Madrid. Total que lo del agua resulta evidente que es una de las causas de la fundación del asentamiento, por lo que su aparición en los primeros emblemas es obvia.

La segunda frase de la leyenda nos remite directamente al pedernal de la muralla, que debía ser el orgullo de los primeros madrileños, tanto árabes como cristianos, ya que puesta a prueba en distintos asedios resistió y los mantuvo a salvo. La justificación de los “muros de fuego” tiene dos versiones: la primera, más romántica, podría significar que la muralla de pedernal, al ser iluminada por el sol de poniente, desprendería destellos de color rojizo. Los que disfrutamos a diario de los atardeceres madrileños desde Las Vistillas, el Viaducto o los Jardines de Sabatini, entendemos muy bien esta versión, y nos imaginamos la visión desde el campo del Moro de una “muralla ardiente”, herida por los últimos rayos de sol (ver la entrada de El Alcázar y su Torre Dorada)

Sin embargo, es de temer que la segunda versión sea más acertada, ya que se refiere a la guerra, y ésta está más en la cabeza de los hombres que las visiones bucólicas. La cuestión sería que, al recibir flechazos y lanzadas, el pedernal de la muralla devolvería chispas para asombro de los asaltantes y orgullo de los madrileños, que convirtieron sus muros de fuego, junto al agua primigenia origen de toda vida y civilización, en parte de su lema.

Por cierto, ¿cómo no se le habrá ocurrido a nadie uno de esos cartelitos horteras para los coches, que diga algo así como?: Madrid, la ciudad de agua y fuego. Seguramente porque quienes crean tales engendros desconocen nuestra historia.
Es, precisamente, ese pedernal el que sirve de excusa e hilo conductor en este blog, ya que según la hipótesis que mantengo, mientras estuvo incorporado a la muralla sirvió para proporcionarle un gran valor defensivo y, al parecer, para dar color a la ciudad y, cuando la muralla se fue derruyendo, se recicló, al utilizarlo en la construcción de todo tipo de edificios.

Avatares de la muralla: Un poco de historia

En los libros de historia se ha establecido que Alfonso VI, el de la jura ante el Cid en Santa Gadea, abuelo, por cierto, del casquivano “Alfonso siete” de La Venganza de Don Mendo, recuperó definitivamente Madrid para las huestes cristianas, allá por 1085, en la misma campaña que le llevó a conquistar Toledo. Fue la última y definitiva vez que Madrid cambió de bando.

También, está documentado que el Rey mandó reconstruir y ampliar la anterior muralla árabe para resistir futuros asedios, y que lo hizo con éxito, ya que evitó la toma por parte de Aben Yusuf, unos 30 años después.

Y, por último, ha quedado establecido que el componente más relevantey particular de la muralla era el pedernal, material duro, noble y fogoso donde los haya.

Pues bien, ahí tenemos a nuestro pueblo manchego, en pleno siglo XIII, incorporado plenamente a la España cristiana, lo que no impedía una convivencia razonable entre cristianos, mudéjares y judíos, como en siglos anteriores la había habido entre árabes, mozárabes y judíos. Como suele ocurrir, los mudéjares con mayor poder adquisitivo emigraron a otros reinos árabes de la propia península, quedando en Madrid los económicamente más débiles, que se aposentaron en la Morería y en Las Vistillas. Curiosamente, mis Vistillas había sido el barrio cristiano (mozárabe) durante la dominación musulmana (menudo negocio de traspasos harían los especuladores de entonces).

El siglo XIV y buena parte del XV tampoco aportarían modificaciones drásticas a la situación de la ciudad, a los efectos que aquí nos interesan, aunque sí una continua evolución para adaptarse a las necesidades de la población. La frontera entre los reinos cristianos y árabes quedaba cada vez más lejos, por lo que la muralla fue perdiendo su principal función defensiva, y como además la población no crecería de forma notable, la muralla no estorbaría demasiado y daría cierta sensación de seguridad. Cuando menos serviría para hacer pagar alcabalas y para tratar de controlar y aislar epidemias.

A finales del siglo XIV, se empieza a establecer la costumbre entre los reyes de Castilla, los Trastámara, de utilizar Madrid como residencia habitual, costumbre que a la larga terminaría convirtiendo a Madrid en la capital de España y transformando drásticamente esta pequeña población manchega. Parece ser que tanto Enrique II, como Juan II y sobre todo Enrique IV fueron los "inventores" de la corte madrileña. Algo verían en ella, para preferirla a ciudades tan hechas y derechas como Toledo, Valladolid, León o Burgos. Seguramente fue su agua y su clima, pero también la ausencia de nobles fuertemente asentados, que seguían ejerciendo de señores feudales.

Lo cierto es que, siguiendo con la costumbre, Isabel I “madrileñeó” con cierta asiduidad, alojándose con su marido Fernando en casa de los Lasso, en la Plaza de la Paja, y que la católica reina ya tuvo alguna influencia sobre la vida y la configuración de Madrid.

En el último cuarto del siglo XV, Isabel se debió encontrar con un Madrid pequeño, no tendría ni 3.000 vecinos, desordenado y sucio, al que rodeaba una muralla medieval, parcialmente arruinada. En 1476 mandó desguarnecer la parte interior de torres y puertas y derribar diversos lienzos de la muralla, para evitar que se pudiera utilizar como plaza fuerte durante la guerra contra Juana la Beltraneja, lo que no hace más que valorar el buen nombre que tenía la muralla como elemento defensivo. Con respecto a los materiales resultantes del derribo, entre los que debo destacar el pedernal, la Reina Católica decidió cederlos a quien los quisiera, con lo que puso, seguramente sin pretenderlo, un primer pilar para sostener la idea de la reutilización.

Dieciocho años más tarde, en 1494, los Reyes Católicos dictan normas sobre la ordenación urbanística de la Villa de Madrid, que incluyen cuestiones como la iluminación, la altura y anchura de las ventanas de los edificios, la circulación de los carruajes, etc., normas que, seguramente, tendrían también repercusión sobre la muralla.

El nieto Carlos, que vino mucho menos por aquí (él se lo perdió), al estar tan ocupado como estaba con Flandes y otros rincones del Imperio puso otro pilar (éste estoy seguro que no sabía nada de mi tesis) al permitir al Concejo utilizar los materiales que fueran extrayéndose del constante derribo de la muralla.

Nos encontramos, pues, con el primer austria, ya que a su “hermoso” padre, Felipe,  ni le cuento (por cierto, ¿cómo es posible que de un padre tan hermoso saliera un hijo tan feo?, porque el Emperador era feo de narices y, sobre todo, de mentón) bueno, como decía, nos encontramos con el primer austria, dando permisos a troche y moche para reutilizar los materiales de la muralla, en un Madrid que empezaba a crecer, ya que en 1546 los vecinos habían ascendido a unos 5.000.

Lógicamente la muralla cada vez “apretaba” más y fue sufriendo sucesivos ataques urbanísticos de todo tipo. Quienes primero sintieron en sus carnes las crisis de crecimiento de Madrid fueron las puertas, que ocupaban mucho espacio y que por su propia naturaleza estaban llenas de recovecos, necesarios para evitar el paso sencillo de las tropas atacantes, pero que sin asedios se convirtieron en sitios ideales para el emboscamiento de malhechores. Por estas razones, fueron siendo derribadas una tras otra:
  • en 1538 cayó la de Guadalajara, que tenía adosados numerosos comercios (curiosamente Carlos I mandó construir otra en su lugar, utilizando el pedernal, claro, que fue derribada cuarenta y cinco años más tarde);
  • en 1548, le tocó el turno a la de La Sagra;
  • la de Moros, fue derribada en 1566, más o menos al mismo tiempo que la de Valnadú;
  • el Arco de Santa María fue abatido, en 1570, para el paso de Ana de Austria, última esposa de Felipe II, gracias a un mes de denodado esfuerzo por 30 picapedreros;
  • por último, la Puerta Cerrada, llegó hasta 1582. 
La Puerta de la Vega llegó hasta 1820
Si el final de las puertas fortificadas estaba anunciado, el de los cubos y lienzos de la muralla fue (está siendo) más intermitente y discontinuo. En un principio, las ordenanzas municipales exigían que los muros quedaran expeditos por ambas caras, como se puede observar en la zona de Las Vistillas, en el plano de Texeira. Pero la presión demográfica y la codicia urbanística dieron al traste con las ordenanzas, tal como pasó con las “casas a la malicia”, y pronto empezaron a adosarse las viviendas a la muralla, en la que encontraban un apoyo firme y seguro. Los problemas empezaron cuando los habitantes de esas casas se dedicaron a agujerear los muros para comunicar las que estaban a uno y otro lado, provocando derrumbes, seguramente con víctimas.








La zona de las cavas, que no son otra cosa que las calles resultantes de cegar los antiguos fosos que rodeaban las murallas en varias zonas, muestra magníficos ejemplos de cómo Madrid se dedicó a “emparedar” su propia muralla. Texeira refleja, claramente, cómo fue desapareciendo de la vista la muralla entre la Cava Baja de San Francisco y la calle del Almendro.

Por cierto, en la primavera de 2006 apareció la noticia de que el Alcalde Ruiz Gallardón pretendía derribar las casas que ocultan la muralla para exponerla a la veneración de propios y extraños. Claro que algunos vecinos dieron en sospechar que tras la demolición de sus viviendas vendría la construcción de edificios en altura para gentes que puedan pagar precios astronómicos. El tiempo dirá en qué queda la iniciativa municipal…
En la zona de la Cava de San Miguel y de la Calle del Espejo, Texeira ya no reproduce restos, bien porque hubieran desaparecido o bien porque estaban tan ocultos que no los pudo ver, pero la estructura deja pocas dudas sobre dónde estuvo la muralla, hasta que el caserío la engulló, cual Saturno goyesco.

Total, que a lo largo de los siglos la muralla ha ido desapareciendo de la vista de los madrileños, bien porque era abducida por las nuevas construcciones, o bien porque era derribada allí donde estaba explícita, y su material, su pedernal, reutilizado para nuevas construcciones. En esta labor, como luego podremos comprobar, se llevó la palma el siglo XVI al hilo de la capitalidad del reino.

No obstante, la tarea no se completó entonces y en nuestros días, mejor dicho en los días de veteranos como el que esto escribe, hemos asistido a situaciones tan chuscas como la que se dio durante la construcción de la casa de Bailén 12, en 1953, esa casa que causa la envidia y admiración de cuantos atraviesan el Viaducto por ser observatorio privilegiado de las puestas de sol. Pues bien, Bailén 12 está situada sobre la muralla aledaña a la Puerta de la Vega, perfectamente visible en el Plano de Texeira, y para enterrar sus cimientos, se debieron destruir bastantes metros de muro, que fueron puestos a disposición de cuanto constructor los quisiera, bajo el bonito cartel de: Hay cascotes gratis ¡Santo Cielo, llamar cascote a mi pedernal, al fuego de Madrid! ¡Hacer negocio, y qué negocio, con nuestra historia! ¡Qué escándalo, me he enterado que aquí se juega!, exclama Claude Rains, el policía de Casablanca, después de cobrar en Rick’s su soborno pactado.



Madrid Capital de España

Se hace necesario ahora viajar al siglo XVI, a un hecho crucial para el devenir de Madrid y, en lo que aquí nos ocupa, para el devenir de su muralla, cual es la instalación definitiva de la Corte en la Villa de Madrid y su consiguiente conversión en la capital de España y, en aquella época, de las Españas. La afirmación anterior, por obvia que parezca, y lo es a rabiar, no deja de merecer alguna reflexión.

El segundo Felipe, bisnieto de los Reyes Católicos, tenía prácticamente afincada la corte en Toledo, aunque él venía mostrando una cierta preferencia por residir en Madrid como sus antepasados trastámaras. Parece que el Rey Prudente, tan escribidor él, no dejó ninguna pista de por qué consideró adecuado, en 1561, hacer de Madrid la capital de sus extensos reinos, de por qué la prefirió a Toledo, Valladolid o, incluso Lisboa, en el momento en que pudo serlo, teniendo al otro lado del charco tan amplios territorios que gobernar. Ni siquiera parece que dejara nada escrito sobre el propio traslado. Lo hizo, y basta.
A los efectos que aquí nos interesan, la capitalidad supone una explosión demográfica y urbanística que se tradujo en una rápida expansión de la ciudad. Baste decir que, si en 1546 los vecinos de Madrid eran unos 5.000, en sólo 25 años la cantidad se elevó a más de 25.000. Para darles acogida, ya que entonces no podían construirse torres de 50 plantas, hubo que rebasar los límites de la muralla en todas las direcciones, salvo hacia el oeste, ya que los desniveles del Campo del Moro y las Vistillas, suponían una solución de continuidad para los constructores. Además, el Alcázar seguía exigiendo cierto respeto y control.

La muralla, como se ha dicho, fue desapareciendo paulatinamente ya fuera por destrucción o por ocultación, pero su recinto interior quedó, en cierta medida “congelado”, con una sustitución de casas in situ, pero sin grandes transformaciones drásticas del trazado urbano, de forma tal que la estructura básica del plano de Texeira es perfectamente reconocible hoy, tal como hemos podido comprobar con algunos ejemplos.

Aquí se puede hacer un sencillo ejercicio de historia-ficción: imaginar qué habría sido de Madrid sin la decisión, ni explicada, ni explicitada de Felipe II. Pues seguramente habría seguido una evolución demográfica y urbanística lenta, que le habría permitido mantener mejor la muralla, que sería ahora un gran atractivo turístico como pasa con tantas otras ciudades amuralladas. Por el contrario, Toledo no tendría hoy muralla, y tal vez el Tajo habría sido desviado, o circundaría la ciudad bajo la To-30, que ahora estaría tratando de soterrar o de duplicar el alcalde toledano.

Esta acertada recreación de P.Schild podría haber sido la imagen de Madrid hasta el siglo XVIII o XIX, sin la capitalidad  
Pero lo cierto es que la elegida fue Madrid, y que fue Madrid la que sufrió en sus pétreas carnes una profunda crisis de crecimiento, crisis que por cierto no parece tener fin. Y fue durante su adolescencia, que trascurrió entre los siglos XV y XVI, cuando experimentó el cambio objeto de este documento, puesto que fue en estos siglos en los que coincidieron los dos hechos trascendentes a efectos de mi trabajo: la destrucción de la muralla y la construcción de las iglesias, conventos, palacios, edificios públicos y viviendas que exigía la nueva capitalidad.

No obstante, el traslado de la Corte a Madrid no parece que conmoviera inicialmente a la nobleza, fuertemente afincada en sus feudos de Toledo, Burgos, Valladolid u otras ciudades, o al menos no la conmovió tanto como para ponerse a construir palacios y residencias de cierta importancia. Tal vez no tenían entonces muy claro lo que era, o iba a ser, la Corte, o tal vez no se tomaron muy en serio la designación de Madrid, ya que la competencia de Valladolid y otras ciudades les parecería difícilmente superable. A lo que parece, el impulso constructor se restringió a pocos casos, en general, en la periferia del centro urbano, como son los casos de la Casa de las Siete Chimeneas o la Casa de Campo de Antonio Pérez en el camino de Atocha.

Al contrario que la nobleza, las órdenes religiosas sí que apreciaron una oportunidad en la nueva capital y se lanzaron desde el principio a fundar conventos y monasterios, hasta el punto que hubo que refrenar, por ley, sus afanes fundacionales, limitando el número de órdenes que podían instalarse.

Tras el impulso inicial de Felipe II, fueron su hijo Felipe III y sobre todo su nieto, Felipe IV, los artífices de la primera gran transformación de Madrid, casi definitiva en lo que al Madrid de los Austrias se refiere, embelleciéndola de la mano de arquitectos como Antonio Sillero, Juan Ruiz, Francisco de Mora y, sobre todo, de su sobrino Juan Gómez de Mora (1586-1648), arquitecto del barroco castellano, heredero de los postulados de Herrera, y creador o consolidador del “estilo Austria”, sencillo y austero, en cuya ornamentación juega un papel primordial el pedernal reciclado.

Don Eugenio D’Ors describe el estilo Austria como el compuesto por:“el popular ladrillo y el señorial granito de la sillería, ambos coronados por la majestad real de la pizarra”. La descripción es hermosa, aunque resulta evidente que don Eugenio, confunde o simplifica el componente de la sillería, entre los que desde luego está el granito, pero también y de forma muy destacada, el pedernal.

Es, además, con esta dinastía con la que Madrid vive su gran crecimiento económico y el gran desarrollo cultural del Siglo de Oro español, con monstruos literarios como Cervantes, Lope, Quevedo, Góngora o Calderón y con pintores como Velázquez. 

Los restos de la muralla

Antes de entrar de lleno en la reutilización del pedernal, parece obligado pasar una rápida revista a los restos de muralla que han permanecido en su ubicación original.

Al efecto recomiendo encarecidamente a quien quiera profundizar en el tema que consulte las múltiples publicaciones que tratan específicamente del tema, así como otros blogs que continuamente avanzan en la descripción de estos restos, como es el caso, por ejemplo, de: 
http://artedemadrid.wordpress.com/ 
http://www.entredosamores.es/madrid%20medieval/textomedieval.html

En este blog, dedicado exclusivamente al presunto  reciclado del pedernal, me limito a la simple enumeración de la ubicación de esos restos, sin preocuparme de la exactitud de dicha enumeración.

Partiendo del lienzo de muralla árabe que forma el fondo del parque de Muhammad I, en donde se representó durante algunos años teatro cómico clásico durante el verano, que tiene su continuidad en los bajos de la ya citada casa de Bailén 12, y siguiendo el recorrido en sentido inverso al de las agujas del reloj (con perdón de los relojes digitales), existen restos de la muralla en los siguientes lugares:


·Calle Angosta de los Mancebos, 3: zócalo de pedernal en un solar que estaba abandonado y tapiado desde 1975 y en el que se ha construido recientemente un inmueble, respetando, en lo posible, los restos de la muralla, lo que confiere al edificio una curiosa forma, ilógica si no fuera por los restos.
·Calle de Don Pedro, entre los números 2 y 12 hay cerca de veinte metros de longitud. La cara exterior estaba construida con grandes sillares -para impresionar a los enemigos que quisieran asaltarla-, y medía dos metros más de altura que la cara interior, donde el material lo componían pequeños sillarejos de pedernal. Sobre la muralla se repone un recrecido de ladrillo macizo que forma el testero de la casa actual, levantada hacia principios del siglo XVIII.
·Calle del Almendro, 15 y 17: dieciséis metros a la vista.
·Cava Baja, 30 (Antiguo Mesón del Segoviano): lienzo de algo más de veinte metros y 11,5 metros de altura. Lo conservado es aproximadamente la mitad del grosor del lienzo, pues la cara extramuros y un posible torreón fueron desmontados durante el siglo XIX.
·Cava Baja, 24: trozo de muralla.
·Cava Baja, 22 (se comunica con Almendro, 3): cimientos de la muralla y de un torreón.
·Puerta Cerrada, 6: trozo de muralla en los sótanos de un bar. Se conserva toda la muralla hasta la coronación, con el adarve y el parapeto. Se ha observado, así mismo, la puerta de ingreso a la torre desde el adarve.
·Calle de Santiago, 2: edificio moderno con algunos restos.
·Calle de la Escalinata, 21: torreón de unos doce metros de altura.
·Calle de la Escalinata, 11 y 9 (se comunica con Espejo, 14): una torre y un lienzo.
·Calle de la Escalinata, 7: se conserva un cubo en un garaje.
·Plaza de Isabel II, 3: trozo de muralla a la vista en el Foster’s Hollywood.
·Plaza de Oriente (aparcamiento subterráneo): atalaya del siglo IX.





La reutilización del pedernal

Estaba yo tan contento desarrollando mi tesis sobre el pedernal reciclado cuando un amigo, conocedor de mi amor filial hacia Madrid, tuvo a bien regalarme un libro sobre la construcción de la Casa de la Villa (La Casa del Ayuntamiento de Madrid, Pedro Navascués Palacio y Pedro Hurtado Ojalvo).

El libro pasa revista minuciosa a todas y cada una de las fases por la que pasó el edificio desde que fue concebido por Juan Gómez de Mora, en 1643, hasta sus últimas modificaciones, allá por 1857. Parte de esa minuciosidad, es la inclusión de los distintos documentos originales que recogen los avatares del diseño, construcción y distintas ampliaciones y reformas por las que ha ido pasando.

Pues bien, en el “Pliego de condiciones que realiza D. Juan Gómez de Mora, para que los maestros lo utilicen de base para el concurso subasta de las obras” (año 1643), se dice textualmente:  

Mamposterías

Es condición que sean de maçiçar todas estas dichas çanjas de mampostería de piedra de pedernal blanco de la messa de la margen u de las canteras de Coslada con su buena mezcla de cal mezclada, a una espuerta de cal, dos de arena y con espuertas yguales y mezclada y batida la cal por lo menos quatro dias antes que se gaste y los dichos cimientos sean de maçiçar con la dicha piedra que sea crecida y ripios menudos de la misma piedra de pedernal yendo maçiçando y enripiando con porrillos de hierro de manera que bayan bien repissado y maçiço, sin dejar guecos ningunos echando sus tongas de piedra menuda y cal y bien bañado de agua para que quede bien maçiço y frogado.

Esto me condujo, en primer lugar, a conocer que Coslada fue, posiblemente, fundada por los romanos y que su nombre significa, ni más ni menos, que “abundante en pedernal” (cos, pedernal y late, abundante), constituyendo un enclave urbano significativo ya en el siglo VI. El pueblo experimentó un crecimiento normal durante un milenio hasta que en la Guerra de Sucesión sufrió un devastador incendio que provocó la reducción de vecinos a poco más de un centenar, dedicados a tareas agrícolas y a la extracción del pedernal.

En segundo lugar, la lectura me produjo el lógico sobresalto. ¿Cómo era posible que Juan Gómez de Mora se dedicara a comprar el pedernal en Coslada y no a utilizar el obtenido del derribo de la muralla? ¿Es que mi tesis, en cuyo desarrollo había avanzado mucho, carecía de credibilidad?

En una primera reacción visceral, estuve a punto de seguir esa conocida máxima del mundo periodístico: “no dejes que la realidad te estropee un buen artículo”, y dar por no recibido, ni leído, el libro y su contenido. Sencillamente, pasar.

Tras una breve reflexión, siguiendo el rigor que mi propia conciencia me exigía, decidí hacer frente a tan perturbadora información (Además de Coslada, fueron varios los pueblos del sur, como Vicálvaro, los que le proporcionaron el pedernal a Madrid)

Antes que nada debo dejar constancia del destino del pedernal en el Ayuntamiento. El pedernal que encargó comprar Juan Gómez de Mora fue a parar a los cimientos del edificio, por lo que no es visible desde el exterior. El comprado más adelante por Ardemans, hacia 1700, tuvo como destino las fachadas de la ampliación del Ayuntamiento que dan a las calles de Madrid y del Duque de Nájera. Por último, ya en 1915, el arquitecto Bellido incorporó el pedernal en el arco sobre la calle de Madrid, que une el Ayuntamiento con la Casa de Cisneros.
Por cierto que este pedernal parece más blanco que el incorporado a San Nicolás, la Torre de los Lujanes o la Encarnación, ya sea porque las procedencias sean distintas o porque el de estos edificios tenga setecientos años más de agresión ambiental.

Bueno, una vez constatado que este pedernal era de “nueva extracción” ¿qué debía hacer?, ¿tenía que tirar a la basura todo el trabajo hecho?, ¿acaso mi hipótesis había perdido todo su valor? Continué mi reflexión y llegué a una conclusión clara y concluyente: ¡Para nada! Lo del Ayuntamiento es sólo un dato que no desvirtúa los otros muchos que avalan mi propuesta. Pasemos revista a algunos de ellos, que han salido a mi encuentro en la bibliografía consultada, sin que ésta pueda ser considerada ni exhaustiva, ni rigurosa:

P  En 1538 Covarrubias utiliza el material obtenido de los derribos de la Puerta de Guadalajara en las obras de reparación y ampliación del Alcázar (esto, de rebote, avala mi suposición de que el Alcázar habría recibido el pedernal).

P En 1540 el emperador Carlos V da permiso para la utilización de los materiales obtenidos de la muralla.

P  En 1544 Juan Martínez y Tomás Ribera se comprometen a hacer una portada de sillería para la Puerta de Moros, así como una alcantarilla para salvar el arroyo que corría por la actual carrera de San Francisco, todo ello a cambio de poder disponer del material del derribo de la puerta y torres (por cierto, que la calle de Don Pedro se llamó con anterioridad calle de la Alcantarilla).

P  Un siglo después, con ocasión de la construcción de la Capilla de San Isidro, se concedía licencia para demoler la muralla cercana que habría sobrevivido a la anterior agresión, y vender las piedras.

P Pasados otros trescientos años, aún hemos asistido a la ya reseñada disponibilidad gratuita de “cascotes” de la muralla durante la construcción del edificio de Bailén 12.

Me parecen suficientes ejemplos válidos de la reutilización del pedernal, que no hacen más que ratificar lo que es una costumbre inveterada de reutilización de materiales en la construcción (según he sabido, la casa en la que actualmente habito, aprovechó distintos materiales y elementos obtenidos en los derribos efectuados para construir la Gran Vía, razón por la cual existían diferencias sensibles entre las viviendas de las cinco plantas del edificio).

Con todo esto me di por satisfecho y espero que también sea suficiente para el paciente bloguero y me ratifico en mi sencilla y nada pretenciosa tesis, que en última instancia no es otra cosa que el tributo de cariño y reconocimiento a “mi pueblo”.


Con esto doy por concluida esta página principal y dedico las siguientes a los edificios que recibieron y exhiben el perdenal en sus fachadas. Para ordenar esta información, estuve considerando varias hipótesis. Deseché la opción de seguir un itinerario similar al de la muralla, porque la reutilización, aun sin alejarse mucho de ella, está suficientemente esparcida por Madrid, como para hacer liosa tal descripción física. Tampoco me acogí a un criterio cronológico, ya que, como es bien conocido, las obras y las construcciones en Madrid se alargan, se destruyen, se reconstruyen, se les añaden nuevas partes, etcétera, etcétera…, por lo que la datación, que los expertos suelen referir al elemento más antiguo, puede resultar engañosa y engorrosa. Por todo ello, me incliné por algo más sencillo como es la finalidad del edificio, aunque en algunos casos también esa finalidad haya cambiado con el paso de los años.

Y dentro de esta opción, he utilizado las tres categorías más sencillas: Edificios religiosos, es decir, iglesias, monasterios y conventos; Palacios y edificios públicos; y un cajón de sastre de Otros usos, en los que he incluido casas sencillas y otras utilizaciones urbanísticas.

Encuadre cronológico


El encaje cronológico de la evolución de la muralla es una herramienta que se ha mostrado muy eficaz. Debo confesar que hasta que no lo plasmé en un cuadro pasé por alguna que otra dificultad para relacionar hechos y vicisitudes de la muralla con la reutilización del pedernal en la construcción de iglesias y palacios.

De forma sencilla he ido recogiendo, en la primera columna, diversos hechos y anécdotas históricas referentes a Madrid, mientras que en la segunda, he recogido información sobre la construcción y reparación de la muralla (en azul), sobre su desaparición progresiva (en rojo) y sobre la construcción de los edificios que, en mi opinión, se han visto honrados con la recepción del pedernal.

Resulta sencillo observar cómo coinciden en el tiempo algunas de las operaciones de demolición, cuyas fechas se conocen, con la de la construcción de los edificios receptores, en general situados en los aledaños de la antigua muralla.

HECHOS HISTÓRICOS
LA MURALLA: Construcción; Destrucción; Reutilización
MADRID ISLÁMICO

852/856: Muhammad I, Emir de Córdoba, funda Medina Mayrit.
932: Ramiro II saquea la ciudad             y se retira con el botín
995: La villa cuenta en este momento con 7 escuelas de astronomía
1047: El rey de Castilla Fernando I toma de nuevo la ciudad, pero se la devuelve al rey de Toledo a cambio de parias.

MADRID CRISTIANO
1080: Primer intento de Alfonso VI para tomar Madrid
1083: El Cid, informado por una niña, busca en la muralla árabe una imagen oculta de la Virgen.
1085: Alfonso VI conquista Toledo y toma definitivamente Madrid, con los famosos segovianos “gateando”.
El 9 de noviembre, al paso de una procesión rogativa, se derrumba un cubo de la muralla, y aparece la imagen de la Virgen que había buscado el Campeador.
1108: Nace Isidro, y es bautizado en San Andrés
1114: Aben Yusuf vuelve a fracasar en su intento de recuperar Madrid, acampado en el Campo del Moro.
1172: Muere Isidro, el labrador, el pocero.
1188: Madrid participa por primera vez en unas Cortes celebradas en Carrión.
1190: Quedan definidas las fronteras de los Concejos de Madrid y Segovia.
1198: Último asedio de Madrid
1200: Creación del escudo, con la leyenda del agua y del fuego
1202: Alfonso VIII concede los Fueros a Madrid
1212: El 1 de abril se descubre el cuerpo incorrupto de San Isidro. Además, encamina a las milicias madrileñas en las Navas de Tolosa.
1217: San Francisco de Asís funda un monasterio en Madrid.
1218: Santo Domingo de Guzmán funda el monasterio de Santo Domingo el Real.
1219: Rodrigo Rodríguez primer "alcalde" de la Villa.
1267: San Isidro libra al sacristán de San Andrés del acoso del diablo
1309: Se celebran Cortes en Madrid por primera vez.
1354: Construcción de la Torre mudéjar de San Pedro
1383: Juan I concede el Señorío de Madrid a León V de Armenia, que durante su vida fue el Rey León I de Madrid.
1469: Matrimonio de Isabel y Fernando
1474: Muere, en Madrid, Enrique IV. La ciudad de Madrid queda dividida entre partidarios de Juana e Isabel. Después de un cerco por parte de las tropas de Isabel, Madrid queda bajo su poder.
Los Reyes Católicos inician su reinado conjunto
1480: Madrid tiene unos 3.000 vecinos
1492: Comienzo del empedrado y la limpieza de las calles de Madrid.
1494: Los Reyes Católicos dictan normas sobre la ordenación urbanística de Madrid.
1499: Isabel funda el Hospital de La Latina

MADRID “AUSTRIACO”
1516: Es proclamado rey de España el Príncipe Carlos, nieto de los Reyes Católicos.
1521: Se entregan los últimos comuneros de Madrid.
1525: Es capturado el rey francés Francisco I y trasladado a Madrid tras la batalla de Pavía.
1526: Se firma la "Concordia de Madrid", devolviendo la libertad a Francisco I de Francia. Como garantía y para obligar al rey francés a cumplir con lo pactado tiene que dejar dos de sus hijas en Madrid.
1528: Carlos I convoca Cortes en Madrid, para jurar Príncipe de Asturias al futuro Felipe II.
1534: Carlos I concede la corona de su escudo de armas a la ciudad de Madrid.
Edicto por el cual los segundos pisos de las casas debían ser cedidos para los funcionarios de la corte.


1546: Madrid ya tiene 5.000 vecinos



1556: Felipe II comienza su reinado.
Se crea la primera
imprenta de Madrid
1561: En mayo, el rey Felipe II, por razones todavía desconocidas, se traslada con toda su Corte desde Toledo y se instala en Madrid, que se convierte en capital del Reino.
Cervantes llega a
Madrid.
1569: Llega a Madrid la madre Teresa de Jesús.
1570: ¡Madrid alcanza los 25.000 vecinos!



1586-1646: Juan Gómez de Mora


1598: Comienza su reinado Felipe III, primer Rey nacido en Madrid.
1599: Nacimiento de Diego de Velázquez.
Se inicia la construcción de la primera Puerta de Alcalá, que había encargado Felipe III para celebrar el recibimiento de doña Margarita de Austria, su esposa.
1601: Traslado de la corte a Valladolid.
1605: Se edita en Madrid la primera parte del Quijote de Cervantes.
1606: El 4 de marzo Madrid recupera la capitalidad de España.

1616: Se inicia la construcción de la Plaza Mayor.
1619: Primera corrida de toros en la casi acabada Plaza Mayor.
1621: Comienza su reinado Felipe IV.
1632: El conde-duque de Olivares presenta las llaves del Buen Retiro al rey Felipe IV.
1653-56: Texeira “fotografía” Madrid
1665: Comienza su reinado Carlos II.



855: Construcción del Alcázar y de la muralla

940: Abderraman III, refuerza la fortificación

















1090: Construcción de la muralla cristiana


1100: ¿Se reconstruye, Santa María de la Almudena?













1190: Construcción de otros 2.000 metros de muralla






1212: Construcción de la Torre mudéjar de San Nicolás

















1377: Reconstrucción del claustro de Santa María

1385: Juan I repara la muralla
1450: San Nicolás
1460: Santa María del Paso


1476: Isabel I manda derribar partes de la puerta y las murallas
















1494: Casa de los Lujanes

1503: Monasterio de San Jerónimo el Real


1520: Capilla del Obispo


1525: San Pedro el Real














1537: Se reconstruye el Alcázar
1538: Derribo de la Puerta de Guadalajara
1540: Carlos I permite al Concejo la reutilización de los materiales de la Muralla
1542: Capilla de Santa Ana, aneja a Santa María de la Almudena
1548: Derribo de la Puerta de la Sagra
1550: Palacio del Conde de Paredes (Museo de los Orígenes)

1559: Descalzas Reales






1566: Derribo de las Puertas de Moros y de Valnadú

1570: Casa de Antonio Pérez
Se echa abajo, con gran esfuerzo, el Arco de Santa María
1574: Casa de las Siete Chimeneas
1580: Incendio de la segunda puerta de Guadalajara
1582: Se derriban la Puerta Cerrada y la de Guadalajara
1592: Colegio de Santa Isabel



















1611: Monasterio de la Encarnación
1611: Iglesia de El Carmen






1625: Se construye la Cerca de Felipe IV



1642: San Ginés



Cada hecho reseñado he intentado referirlo a un año concreto, lo que no debe tomarse como algo riguroso, sino como una referencia orientativa. Así, por ejemplo, algunos eventos cambian de fecha según los autores consultados, mientras que las construcciones de iglesias y edificios durarían años, sin poder especificar la fecha exacta en la que pudo incorporarse el pedernal a la obra en cuestión.

He interrumpido el encuadre cronológico en el último austria, no por fobia antiborbónica, sino por considerar completada la parte más importante del proceso de reutilización del pedernal. Sin duda, tal como ha ocurrido en el caso de Bailén 12, la reutilización ha seguido evolucionando con los Borbones, con las repúblicas, con las dictaduras y con la democracia, pero no aportaría nada trascendente. Tampoco me parece significativo que algunas de las reutilizaciones aquí sugeridas se puedan haber producido en épocas posteriores a Carlos II.